Edición Nº 29

La Revista

Descartes

El Lago Titicaca en el cine boliviano

 

Autor: Claudio Sánchez

Hay en Bolivia un lugar que captura la atención por su belleza e imponencia, el Lago Titicaca compartido con Perú se presenta en el medio del Altiplano, incrustado en los Andes, como un espacio mágico dotado de una fuerza incomparable. El lago, como lo llamamos en este Estado Plurinacional, ha cautivado a lo largo de años por su majestuosidad a los realizadores, no sólo bolivianos, sino también extranjeros. Paisajes naturales que en cada rincón esconden leyendas y mitos. La fuerza de sus hombres y mujeres que en sus rostros reflejan un mundo que parece haberse detenido, seducen a quien mira y quiere transmitir con imágenes algo de lo que encuentra cuando se está en el Titicaca, cuando se lo navega o cuando se está en sus orillas.

CINE SILENTE Y CINE A COLOR

Quizás una de las pocas imágenes que hemos visto del Lago en el cine silente boliviano se la debamos a José María Velasco Maidana, quien en Wara Wara (1930) hace un paneo sobre las aguas del Titicaca donde las balsas de totora figuran como personajes de lo que se viene, de aquello que se acerca, las defensas altas en custodia de lo que es propio. El invasor sobre las aguas, metáfora de la conquista en un país mediterráneo, esto prefigura el rasgo de pensamiento de una época que intenta reconocer la presencia indígena como sustento de la nacionalidad. El Lago entonces es el contenedor de la resistencia, es el espacio que - sin rol protagónico - ayuda a comprender lo extraño desde lo propio. Pero además es la cuna de un romance negado a lo largo de los años, transversal a la propia historia nacional, aquel que surge entre el mestizo y los indios, la princesa Wara Wara y Tristán, un conquistador español.

Sin embargo, y como dato complementario, Velasco Maidana rodó La profecía del Lago en 1925, una cinta que inaugura el cine argumental en Bolivia, pero que fue censurada por narrar el romance de la esposa de un hombre millonario que es dueño de fincas a orillas del Titicaca, la señora se enamora de uno de los peones. La película no pudo ser exhibida públicamente en La Paz y queda solo el recuerdo, la simple añoranza.

Quien sino Alberto Perrín a principio de los 50 para mostrarnos al Titicaca como espacio de embelesamiento, con una cámara Bolex que filmaba en 16mm. él supo hacer suyo el espacio que amaba dejando para la historia las imágenes que recuerdan que el tiempo no se detiene. En su libro Historia del Cine Boliviano Alfonso Gumucio dice: “Perrín realizó dos filmes para la Universidad Mayor de San Andrés, Perrín tenía la cámara, los temas y el entusiasmo para hacer películas. Entonces le propuso al Rector de la UMSA, un señor Sanjinés, que la Universidad diera su aporte con el material necesario. Sanjinés aceptó y de esa manera nacieron las películas El indígena lacustre y Tiwanaku hacia 1950.” Las películas a las que Gumucio hace referencia se filmaron a color y son, en honor a la verdad, las primeras que tienen estas características en Bolivia, entonces fue el Lago uno de los primeros espacios que se pudieron ver con ese azul irresuelto de nostalgias y alegría. Luego de esta experiencia Perrín, trabajaría junto a Jorge Ruíz y Augusto Roca en Donde nació un imperio, una película que busca entre la Isla del Sol y los alrededores del Titicaca el origen de la cultura inca y tiwanakota.

LEYENDAS

Si la mitología Andina hace del Lago Titicaca el lugar de origen de los primeros incas, la historia contemporánea hace que este también sea el espacio de constitución de la dupla más importante que el cine boliviano recuerde y reconozca, estamos hablando de Óscar Soria y Jorge Sanjinés. En 1967 ellos se arriesgaron a hacer el primer largometraje en lengua aymara con subtítulos en español. Con una historia por demás interesante en la que un campesino (Andrés Mayta), quien vive en la Isla del Sol, se enfrenta al atropello mestizo contra aquello que le es lo más preciado: su compañera. Ukamau, primer largometraje de Sanjinés encuentra escenario en el Lago, la película seleccionada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes (1967) puso a Bolivia en un plano internacional que hasta ese momento era totalmente desconocido para nosotros.

Elogiada por la crítica y cuestionada años después por su director al representar un mundo diferente al que posteriormente descubriría en la cosmovisión andina, donde las historias no son de personajes solitarios sino de comunidades, la película se inscribe dentro de las obras cumbre del movimiento denominado: Nuevo Cine Latinoamericano. Ukamau es sin duda uno de los filmes que hace homenaje al Lago como testigo de una realidad que hasta el día de hoy no ha sido resuelta en su totalidad. Es entonces, este inmenso azul, el marco del dolor de un pueblo que busca su insurgencia ante los esquemas republicanos.

ENTRE EL SIGLO XX Y EL XXI

Cuando se acababa el Siglo XX, Mauricio Calderón dirigió El triángulo del Lago (1999), este fue el primer largometraje de ciencia-ficción de la filmografía boliviana. Una trama que combina varias historias relacionadas con la desaparición misteriosa de las personas y su tránsito a dimensiones paralelas, entre el Triángulo de las Bermudas y la Atlántida, el viaje de una mujer que no está muerta sino que habita lo desconocido genera un conflicto en quien fuera su pareja, un hombre que reside en La Paz, un personaje que con ayuda de especialistas y bajo los efectos de la hipnosis llegará al Lago Titicaca en busca del portal que le permita volver a encontrar a su gran amor.

El triángulo del Lago deja para la historia al menos dos grandes logros, el primero es haber usado un equipo subacuático para poder resolver algunas escenas, este equipo operado por técnicos cubanos, significa un paso importante hacia el uso de tecnologías que no son usuales en el cine boliviano. En este mismo sentido, los efectos especiales logran construir una ciudad de La Paz del futuro, es el Lago aquí el escenario perfecto de lo paranormal, en contra posición a un cine boliviano que encontró en este espacio cuestiones formales de lo que somos al ser bolivianos, identidades marcadas por la cuestión migratoria y la discriminación. Calderón en su opera prima se arriesga a pensar otro país, aquel del futuro, ese mismo que no necesita resolver cuestiones urgentes. Es esta película la síntesis de un tiempo signado por la decadencia de un sistema económico que en su fórmula no pudo acomodarse a Bolivia, ese neoliberalismo caníbal, no pudo dar soluciones al ser boliviano, tampoco fue su intención, sin embargo a su sombra surgieron experiencias como la aquí citada.

En 2009 se estrenó una co-producción entre Alemania y Bolivia, Escríbeme postales a Copacabana dirigida por Thomas Kröntaler y basada en la novela Postales a Copacabana de la alemana Stefanie Kremser. Aquí vemos un Lago Titicaca que, en rigor, no es más que el telón de una nueva historia mágica e intercultural. Para quienes entienden el Titicaca como un espacio de construcción de la nacionalidad, esta película riñe absolutamente con la identidad del espacio, combinando su azul con palmeras en Sorata, jugando con personajes inverosímiles y tocando elementos propios de la cultura andina como simple escenografía. Sin embargo, es imposible dejar de nombrarla, porque Escríbeme postales a Copacabana representa un momento de interés colectivo para entender el giro del cine en Bolivia, donde el país se convierte en escenario de co-producciones internacionales, he ahí También la lluvia (Icíar Bollaín, 2011) o Blackthorm (Mateo Gil, 2011). Estas películas generan un cambio de ritmo en la producción que se realiza en Bolivia, ya que se van formando nuevas generaciones de profesionales en torno a este movimiento inusual, que de a poco va tomando más forma y va alcanzando nuevas dimensiones. Podemos ser un país que ofrezca buenas condiciones de trabajo para empresas de este tipo, con garantías de calidad y personal altamente calificado.

ORMACHEA Y PIÑEIRO

Son los cortometrajes tierra fértil para desarrollar historias que enriquecen la filmografía nacional. En estos trabajos también se identifica el Lago como espacio central de acciones que generan nuevos cuestionamientos sobre lo que somos o aquello que queremos ser, en este sentido es importante destacar dos trabajos que se sobresalen por su calidad e intención, por orden cronológico encontramos a Ajayu (Francisco Ormachea, 1996) y Max Jutam (Carlos Piñeiro, 2009).

El cortometraje de Ormachea es una reflexión sobre el mundo andino y el tránsito a la muerte, protagonizada por Reynaldo Yujra (La nación clandestina, 1989) esta ficción se adentra en un universo velado, donde es difícil adentrarse si la mirada sigue siendo externa. Esta es la historia de Andrés y su hija Leonora que han muerto ahogados en el Lago, para que ellos puedan llegar al cielo aymara es necesario que la comunidad los ayude y haga más liviano el camino. Reconocemos en este cortometraje elementos que sostienen la simbiosis cultural entre lo andino y la religiosidad católica, sorprende la historia con su forma clásica de narración que sin embargo está cargada de gestos que dan forma a una comprensión de la temporalidad andina, donde lo que se hace está ligado a un acuerdo mutuo entre vivos y muertos, no es el fin, sino el inicio, es la muerte un renacer en otro espacio.

Max Jutam por su parte es la historia de Max, un joven que deja su comunidad a orillas del Lago para hacer un viaje a la gran ciudad, lugar donde se queda y comienza una nueva vida signada por un nuevo oficio, él ahora es un peluquero que trabaja en la Ceja de El Alto mirando siempre abajo esa La Paz abigarrada, esa ciudad que está hecha con la fuerza aymara sobre sus laderas. Indómita entre la montaña se abre como un cráter siempre en rebelión. Piñeiro aquí logra con una elipsis extraordinaria mostrar el tránsito del tiempo que exige el retorno del personaje a su comunidad. Este cortometraje rodado en 16 mm. y ganador del Premio Amalia de Gallardo en 2009, es una de las mejores propuestas de los últimos años, vemos a entonces el trabajo un director maduro que sin embargo continúa en el camino del aprendizaje constante asumiendo riesgos, realizando sueños. Max Jutam sintetiza algo de lo que aquí se ha dicho, se trata del Lago como protagonista de la historia, en tanto este contiene algunos de los elementos de la cultura andina.

FINAL ESPERADO

Es posible que la última secuencia que implica una comunión con el Lago Titicaca en el cine boliviano se la encuentre en Zona Sur (2009) de Juan Carlos Valdivia, donde un movimiento de cámara hace homenaje a Jorge Sanjinés, y recupera la circularidad del tiempo andino donde es importante ver el pasado para avanzar. He aquí la base de La nación clandestina (Jorge Sanjinés, 1989). Ver el Lago es ver nuestro reflejo. Aquí nos encontramos con nosotros mismos una vez más.

Seguramente existen más  escenas en las que el Lago Titicaca es protagonista o simple escenario. Sin embargo la intención de este trabajo es la de reflexionar sobre lo que hemos visto, sobre lo que se ha hecho, no como un todo, sino más bien como el esqueleto de un estudio más profundo que permita reconocer otros elementos que hacen a nuestro cine. Este es otro puerto en la travesía de recorrer los más de 8500 kilómetros cuadrados de este que es lago navegable más alto del mundo.

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