Es 2012 un film matemáticamente construido según los cánones, todo está en los tiempos determinados, nada se escapa, ni un solo plano. Hacer una crítica sobre la forma o la estética de ésta película, sería lo mismo que reflexionar sobre cualquier otra película de Hollywood. La reflexión, por tanto, debe venir por otro lado.
Si algo nos ha enseñado Foucault es que no hay nunca un discurso inocente. El cine, por supuesto, es uno de los medios más poderosos de transmisión de discursos. El cine de Estados Unidos es el menos inocente de todos y lo demuestra hasta en películas como éstas, en donde parece que el discurso político está relegado.
Ese es el primer punto de la reflexión: no es casual que no haya un discurso político explícito. La película trata sobre el fin del mundo. Lo interesante es que nadie tiene la culpa de la catástrofe, que aparece en la película como un telos, como lo inevitable. Claro está, que el cine ficcional no tiene por que ponerse en contexto con lo que pasa en el mundo ni mucho menos está obligado a dejarnos moralejas de tipo ambientalista. Pero es también cierto que un cine obsesionado por la verosimilitud y amante de lo sensible, hubiera podido encontrar una mejor excusa para el fin del mundo que una simple profecía. ¿No hubiera sido mucho más interesante plantear la destrucción del mundo a partir del hombre? ¿No hubiera sido una mejor solución para el bien del guión?. Lo que sucede es que, aparentemente ese planteamiento, como lo demuestra cierto documental de Disney, es un tabú para el cine americano. Ya el lector intuirá las razones.
Segunda “casualidad”: no porque sea el fin del mundo, significa que no hay salvación; son los americanos que tienen siempre la solución a todo. Esto es por supuesto conocido por todos los gobernantes de las otras naciones que aceptan sumisamente “los consejos” de Washington, aunque éstos sean contradictorios. Esto funciona así, hasta cuando la representación de los otros gobernantes esté acompañada de esas características que se dan a los grandes líderes: la sabiduría y la solemnidad. Pero aún así, obedecen a los designios del gobierno que aparece como el salvador.
La idea se complementa muy bien con la otra representación: la de la “gente de a pie” de los otros países. Estos están sumamente caricaturizados y exageradamente estereotipados. Así, el intelectual francés debe trabajar en el Louvre , el campesino chino debe ser necesariamente budista y los venerables ancianos de éste tienen que ser ridiculizados por sus bajos conocimientos de un idioma que no es el suyo: el inglés.
Con estas dos ideas se complementa el imaginario del americano medio, imaginario que se esparce por todo el mundo, haciendo de películas “just for fun” en peligrosos discursos. Es la sobrevalorización del americano que viene acompañado de una sub-valorización de los otros pueblos del mundo. Con representaciones así, es natural pensar, que de alguna forma u otra, está muy bien que sean los Estados Unidos los gobernantes del mundo.
Podemos llenar estás páginas de este tipo de “casualidades” que encontramos, no sólo en esta película, sino también en gran parte del cine comercial estadounidense. Quiero detenerme, sin embargo, en una última casualidad, que es casi una provocación para la reflexión del lector. Resulta y esto se lo dice textualmente en la película que “el último presidente de Estados Unidos” es negro. ¿Habría aquí un discurso político disfrazado? ¿O habría aquí, ya que el detonante de la película es justamente una profecía, un augurio al mejor estilo de Nostradamus?