Entre la publicidad y el melodrama televisivo, el director alemán Tomas Krontaler se aproxima a tres mujeres que viven en un mismo lugar en una suerte de claustro: la abuela Elena (Agar Delos) que espera la muerte con sus promesas y encontrarse con su amado Alois (Luis Bredow), la hija adolescente Alfonsina (Julia Hernández) que se descubre a sí misma al tiempo en que descubrimos el lago (pero para ello es necesaria la fuga en la figura del viaje), y su madre Rosa (Carla Ortiz), una mujer que no puede ser amada.
Como el título del metraje indica, el tratamiento del film es el de realizar un collage con postales de un lugar, en este caso el lago Titicaca y el santuario de Copacabana. En este espacio se encontrarán, mediante flashbacks, la vida y el futuro de tres mujeres, desde la abuela como eslabón del sincretismo desde el idilio cultural del extranjero aventurero con la nativa exuberante; asimismo, el presente se construirá desde la soledad de Rosa, la hermosa viuda cual choca (ave que no puede volar) que no puede irse de Copacabana, porque ahí está lo único que tiene: los recuerdos. El futuro y sus promesas se erigirán sobre la adolescente Alfonsina, cuya relación personal con el pasado de su familia y el lago constituirá el elemento que guiará este relato: ella abre y cierra el film.
Y en este paisaje es que emerge -con las mismas estrategias de la publicidad turística, cortes directos, primerísimos planos y música de ocasión “originaria/nativa" que refuerzan el carácter folclórico, melodramático y por extensión más asociativo que narrativo con respecto a los personajes- la historia de tres mujeres y dos viajes: el de alguien que vino, el abuelo, y alguien que retorna, la nieta.
En un lugar plagado de dioses, donde “hay uno para cada cosa” (extraña sentencia cuando se afirma que el Ande no cree en dios) Krontaler mira con la misma fascinación un accidente geográfico y a sus habitantes circunstanciales. Para ello toma prestados elementos del realismo mágico, en forma de sutura para sostener un relato predecible, que no controla ante la inevitabilidad de una forma que va decantándose de manera unidireccional en relato televisivo (de carácter intercultural) en su máxima forma: la telenovela latinoamericana (de los años 90).
Escríbeme postales a Copacabana en su despliegue plástico propone, desde el marco de sus postales, la reflexión sobre la cualidad evocativa de la imagen y la herencia -con los grados de complicidad que esto supone- de la telenovela, mucho mayor para un espectador cuya mediación con Latinoamérica se debe a este género.