La primera secuencia de El hijo de la novia da el sello de autor a Campanella y, gracias a esto, encontramos fácilmente las intenciones del director argentino. En ella, al igual que en El secreto de sus ojos, vemos una imagen-recuerdo, para pasar a la mirada de Ricardo Darín (que interpreta a Benjamín Espósito), evocando su propia memoria. Tanto en El hijo de la novia, como en la última película de Campanella, vemos que el recuerdo es un momento fundador de los protagonistas (ambos encarnados por Darín, otro sello del autor) y por supuesto de la película. Así, si queremos analizar una obra de Campanella, debemos preguntarnos cuál es naturaleza de la memoria, de ese momento fundador que parece interesar tanto al director.
En El secreto de sus ojos el recuerdo es violento y justamente por eso representa - para los personajes - un límite infranqueable, insuperable. Todos los personajes se obsesionan con su propio momento traumático (la violación, la partida en tren, la muerte del amigo de Esposito, etc..) pero no pueden hacer nada para resolverlo. El tiempo, el pasado, se convierte aquí en lo irremediable. Campanella en su última película, nos advierte del peligro del recuerdo excesivo, en el momento en que éste se convierte en una obsesión, en ese límite que configura a los personajes, pero justamente por eso son incapaces de actuar fuera de ese horizonte, hay una especie de determinismo a partir de la memoria.
En muchos aspectos, El hijo de la novia es la otra cara de la moneda de El secreto de sus ojos. Esta última es violenta, agria, negra. Mientras que la otra apela a al sentimentalismo del espectador, es conmovedora. La diferencia diametral de estas dos películas tiene su punto de inflexión en el recuerdo y en su tratamiento. En El hijo de la novia el recuerdo es un hecho creador. Los personajes tienen pequeños remordimientos, cosas aún no resueltas, no hechas o simplemente no habladas (el divorcio de Rafael, la pelea jamás solucionada con su madre, el pospuesto matrimonio religioso de sus padres, etc..). Sin embargo, este no aparece como algo insuperable, si bien los personajes se mueven en el horizonte de su recuerdo, como en el último film del director, son capaces de encontrar soluciones creativas a los problemas que acosan su memoria.
Campanella nos propone un doble juego a partir de la memoria: en un primer momento nos hace notar la importancia de los recuerdos, como ese momento creador, pero luego nos advierte de lo contrario: quedarse en la memoria, en la imagen del pasado, evita que podamos ver el presente. En El hijo de la novia, el contexto es más familiar, todas las relaciones se dan más o menos en el núcleo intimo y es ahí, en ese ámbito, donde el recuerdo es creador. El secreto de sus ojos, en cambio, se mete en una historia más compleja, que tiene que ver con heridas más profundas de todos los pueblos latinoamericanos: la dictadora. En ese contexto, los dolores no pasan, son irresueltos, la memoria es destructiva, como lo fue la propia dictadura.