De alguna manera, quiso estar más cerca de Doña Flor y sus dos maridos pero termina al costado de Ghost, la emblemática cinta de Jerry Zucker. ¿Por qué no me gusta esta ópera prima del peruano Javier Fuentes-León? Para empezar el nombre de la película no hace honor a los que vemos en los 100 minutos de metraje. El director nos introduce en un universo de lo modoso, lo almibarado, lo contenido. Y esto no es un desmedro si lo ubico dentro de su estrategia por mostrar una relación amorosa sin exageraciones, sin pizca de transgresión, "normalizada", pero a la larga resulta un lugar común cómodo, que le reduce generosidad a un argumento manido (triángulo amoroso, amor de índole sobrenatural o fantástica, pueblo cerrado de costumbres católicas al pie de la letra), imbuído de manera original en un nuevo terreno edénico, cerca al mar.
Contracorriente no es una mala película. Al contrario, tiene un ritmo parejo, interesantes actuaciones de Tatiana Astengo y Cristian Mercado (un actor boliviano a valorar), una dirección clara y certera, escenas submarinas inéditas en la ficción nacional, una fotografía espléndida y un entramado simbólico nada confuso que aporta a cerrar el círculo argumental: difuntos al mar, culto a la muerte, velas moradas encendidas, parto y nacimiento, lancha apodada "River" sobre las olas. Sin embargo, colabora a reafirmar ciertos estereotipos que se vuelven necesidades del melodrama sin riesgos, que es a lo que apunta el director en esta historia de amor: el pintor extranjero y de clase media hurgando en las excentricidades de un pueblo de pescadores y enamorándose de modo correspondido pero imposible, de un poblador pobre, feliz, casado y a la espera de su primer hijo. Pero luego surge el "milagro", el acto devoto de lo real maravilloso estilizado, la alteración de la realidad que hace que el pescador vea y entienda a su amado pintor muerto.
Los elementos del melodrama a punto de estallar van enfilando hacia el choque: pueblo católico donde la figura patriarcal la ocupa un cura, bares de pescadores que juegan a la timba y "chelean", grupo de tías chismosas y cucufatas, la chica "player" inestable y vengativa, la esposa mártir y sufrida, y el inocente o "santo" recién nacido. Un cine de hace cincuenta años. Es decir, los elementos se pueden repetir en la historia del cine hasta el hartazgo, pero hay en esta cinta un aura demodé, conservador, tradicional que la envejece. La promesa (o mi ingenua expectativa) de ver una suerte de Hierro 3 de Kim Ki-duk se desvanece.
Si bien el director ha señalado en una entrevista, dada a Federico de Cárdenas, que Contracorriente "no es un panfleto agresivamente pro gay", no es el cine al estilo del mexicano Julián Hernández y no es "políticamente incorrecta", punto que queda claro a lo largo del desarrollo del filme y en las intenciones del cineasta, hay una secuencia significativa en la cinta que afirma esta idea de mantener el orden como está (de no ir a contracorriente): Miguel (Cristian Mercado) caminando por las calles del pueblo de la mano con Santiago,el fantasma de su amante muerto (Manolo Cardona). Esta es la única manera de la libertad en ambos personajes, la invisibilidad de uno y la certeza de la invisibilidad del otro. Nadie ve nuestro amor y somos felices, y así evitamos la condena. Me pregunto si esta secuencia, de ser una pareja heterosexual, tendría la misma carga social que sugiere el filme. Lo que vemos después es la purga de una culpa, y la reconciliación con la imposibilidad. Tal como dice el personaje de Tatiana Astengo en un pasaje de la película, "en un par de años nadie se acordará". Y así será.