Si bien Aparecidos, el film de Paco Cabezas se construye a partir de los códigos y ritmos típicos del terror, el género no es un fin en sí mismo, es decir, la utilización de los códigos no tiene la finalidad expresa de asustar, dar miedo al espectador, sino más, el terror es aquí usado como estrategia discursiva.
¿Cómo Aparecidos, siendo una película estrictamente de terror termina convirtiéndose en otra cosa?. En primer lugar, a partir de la palabra, Cabezas ridiculiza el terror como género (vemos, por ejemplo, en una escena, como los personajes ven en la tele una película de terror, en donde todo se recubre de irrealidad y de inverosimilitudes), si bien esto podría ser una especie de auto-trampa que se pondría el director, termina haciendo que Aparecidos se transforme, que tome una densidad poco conocida y que nos demos cuenta desde el principio que no se trata de una historia de fantasmas común y corriente. Pero este primer paso, el ridiculizar el terror, es sólo un preámbulo. Inteligentemente, el director, lanza todos los lugares comunes del género, los gritos, los fantasmas, el suspense, en los primeros momentos de la película, como un frenesí, pero esto lo hace para que el espectador se prepare para el verdadero terror que quiere mostrar Cabezas, que es algo indecible, irrepresentable.
Y es que Aparecidos es una película más bien política. A Cabezas no le interesan los fantasmas y las muertes misteriosas en el sentido de los films americanos, lo que le interesa son los fantasmas y muertes misteriosas que ha dejado la dictadura argentina, es decir, los monstruos y el terror “verdadero”. Es por eso que Cabeza decide mostrar lo típico del terror, antes de decirnos de que se trata, es como si dijera: “si lo que acabo de mostrar les da miedo, imagínense lo que significa una dictadura”. Es así como el terror se convierte en una estrategia: se lo ridiculiza, para demostrar que lo que fue, es peor que cualquier código, que cualquier suspense, que cualquier efecto especial.
El terror de la dictadura es la constatación que existen aparecidos, nombre del film, y no los desaparecidos. La diferencia es sustancial, la segunda denota una ausencia insoslayable, en cambio, la primera incluye la ausencia, pero también denota la presencia fantasmagórica. Esto es porque los fantasmas de la dictadura siguen presentes, pero no como simple memoria o recuerdo lejano, sino que también configuran las historias intimas de una infinidad de personas, construye y reconstruyen familias y se apoderan de nuestros espacios y de nuestra cotidianidad.
Aparecidos podría ser una película cualquiera de terror, si se tuviera fantasmas anónimos y un verdugo psicótico. Pero en la historia de nuestros países, los fantasmas con los que tenemos que convivir son otros, ellos tienen nombre y conviven con nosotros. No hay desparecidos en la dictadura, sino más bien, Aparecidos.