Estos pretenden ser dos breves apuntes sobre la película boliviana La nación clandestina, que se exhibe en dos salas en nuestra ciudad.
Primero: aunque perfectamente coherente dentro del proceso que sigue su filmografía, con esta película Jorge Sanjinés toca lo que para nosotros son obvios signos de madurez no sólo expresiva sino - sobre todo - ideológica. Al margen de las apologías sin ton ni son, creemos que La nación clandestina logra hilar algunos rasgos de la compleja memoria popular boliviana.
En algún sentido, es cierto que la situación de las ¨nacionalidades¨ que subsisten debajo de la conciencia democrática ¨todos somos iguales¨ es ahora - bajo el 21060 – algo distinta a la que pudimos conocer en la crisis social de noviembre de 1979. Pero esto no impide que el relato de Sanjinés sugiera dimensiones perfectamente vigentes respecto a los puentes que unen la lucha política, la resistencia las más de las veces, con una memoria cultural que no podemos ignorar. Es decir que política y cultura – ambas reunidas en la memoria - entablan un productivo juego de implicaciones e iluminaciones mutuas.
Desde el punto de vista formal, la madurez de Sanjinés se expresa en la elección de una elaborada estrategia expresiva, que no funciona en cuanto juego o simple lujo (como ocurre por otra parte con cualquier buen director) sino que es imprescindible para dar cuenta de un asunto complejo. Básicamente, la planificación de los movimientos de cámara y la estructuración temporal-narrativa son los rasgos destacables de aquella estrategia. Una prueba más de que no se necesitan millones de dólares para hacer buen cine: se necesita convicción, trabajo y talento.
Segundo: en cuanto a la recepción del público urbano paceño, uno de los sectores a los que se dirige esta cinta. Quizá el eludir el simple didactismo suponga riesgos de incomprensión aparentes. Considero, sin embargo, que no debe subestimarse al público. Y, por otro lado, tampoco podemos esperar una reacción inmediata en un espectador que es expuesto la más de las veces a la presencia abrumadora de otro tipo de estéticas, aquellas del choque visual, que el propio Sanjinés califica como situadas al borde del masoquismo. Es difícil ir al cine a reflexionar, cuando nuestras ya costumbres apuntan en otra dirección: vamos al cine a que nos ¨reflexionen¨ a punta de choques efectistas, emocionales y - generalmente – simplemente manipuladores.
Al menos, a nivel del común de los espectadores urbanos, el estreno de esta película boliviana nos demuestra la justeza de una frase que parece slogan pero no lo es: el público boliviano quiere verse. Y lo puede hacer a través de expresiones como ésta, que - además de abrir camino a la comunicación - permite concebir al cine - dado el estado de la circulación real de imágenes en movimiento – como una forma de resistencia. De alguna forma, una película así, nos recuerda que si bien las pantallas son ajenas no debemos escapar a la necesidad de imaginar y trabajar por un cine propio.
* Ultima Hora suplemento TV Guía del sábado 31 de marzo al 7 de abril de 1990.