Estos han sido años duros, difíciles, para el cine boliviano. Acosado por la crisis sin precedentes y por limitaciones que parecieron bajar definitivamente el telón sobre el sueño acunado desde principios de siglo, por una larga una larga nómina de pioneros perpetuos. Sin embargo nuestro cine acostumbrado a pelear contra la adversidad, ha vuelto a mostrar todo su empuje y vitalidad. Superando todos los obstáculos, sobreponiéndose a dificultades enormes, Jorge Sanjinés, uno de nuestros directores fundamentales, consiguió concluir el rodaje de una nueva película. Se trata de La Nación Clandestina, su séptimo largometraje.
El pasado 23 de septiembre esta obra, obtuvo el Primer Premio en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, uno de los eventos más importantes que anualmente tiene lugar en el contexto cinematográfico mundial.
El galardón otorgado a La Nación Clandestina es por cierto un legítimo motivo de orgullo y satisfacción, no sólo para el cine nacional sino para la cultura del país. Ratifica por otra parte el alto nivel de calidad alcanzado por la producción fílmica boliviana, pese a su exigüidad cuantitativa. De esa estatura dan testimonio los más de 50 premios obtenidos en los últimos treinta años y pico en muy diversos certámenes y países. Sirve por otra parte para trocar momentáneamente, el desaliento generalizado que imperó de 1985 en adelante por un renacer de las esperanzas.
No debiera creerse sin embargo que todo está resuelto, y ahora nos aguarda un luminoso futuro. Es más, nada ha sido resuelto. El invalorable esfuerzo de Sanjinés, empecinado en no dejar morir esta forma tan importante de expresión en los umbrales del Siglo XXI, y más trascendente aún en la realidad como la boliviana, sometida a los conocidos problemas de desintegración, tiene un valor indiscutible que va más allá de cualquier reconocimiento internacional y se convierte en una verdadera lección, de cara a las autoridades nacionales obligadas a implementar urgentes medidas de apoyo a la producción nacional.
En este punto resulta inevitable referirse a las muchas veces aludida Ley del Cine, instrumento legal cuyo proyecto se encuentra desde hace cuatro años y medio a consideración de la H. Cámara de Diputados, sin haber merecido hasta la fecha la atención que la materia requiere. En oportunidad de su presentación se registró un curioso acto especial, durante el cual representantes de todos los sectores vinculados a la actividad pudieron escuchar desde un palco, al que habían sido especialmente invitados, las promesas formuladas a coro por los voceros de todas las bancadas allí presentes. Quien más quien menos, a tiempo de expresar su homenaje al cine boliviano, afirmó estar dispuesto a impulsar la inmediata aprobación del proyecto. Han transcurrido cuatro legislaturas y nada de nada. O para ser más preciso: si hubieron informes favorables de algunas comisiones y representantes del Ejecutivo, pero todas chocaron contra la porfiada oposición de la Comisión de Finanzas, basada en argumentos que no soportan el mínimo análisis lógico y que, aún exhiben una insensibilidad cultural realmente pavorosa. El hecho es que el cine boliviano permanece tan desprotegido como siempre. Con el agravante del empeoramiento de las condiciones contextuales que, han tornado prácticamente imposible su continuidad a menos de contar, como sucede por otra parte en todos los países vecinos, con el respaldo de adecuadas medidas de protección. Término este último que, ha adquirido connotaciones perversas al influjo de las nuevas teorías imperantes en conducción económica. Sin embargo constituye un grueso error medir las tareas culturales, con la misma vara que otros rubros productivos. A una actividad creativa no se le puede exigir esa manida rentabilidad inmediata. Esto porque, ya lo señalé muchas veces, la cultura no suele dar ganancias inmediatas, pero en cambio es la única inversión, cuyos réditos a largo plazo están absolutamente garantizados.
El cine boliviano vuelve a soñar sí. Es por ahora una tenue ilusión. Que podrá volver a apagarse si de una buena vez por todos quienes tienen la responsabilidad no la asumen, y hacen conciencia del grave daño inferido a la identidad colectiva, por negarse a considerar cuestiones que un criterio inmediatista de las cosas relega a un plano secundario, perdiendo de vista su urgencia y su definitiva validez para el futuro de Bolivia.
Nota 1: Artículo publicado en Hoy el 26 de septiembre de 1989.
Nota 2: La Nación Clandestina de Jorge Sanjinés no se estreno en Bolivia hasta el 21 de marzo de 1990, este artículo de Pedro Susz representa la primera aproximación hecha a la película más allá de un ejercicio meramente informativo, ahí radica su importancia.