El pasado jueves 12 de noviembre, caminaba apaciblemente por el centro de la ciudad de La Paz cuando me topé con un cine 6 de agosto repleto de jóvenes. Yo sabía que aquella semana se proyectaba un ciclo de películas alemanas conmemorando la caída del muro de Berlín. Reaccioné con sorpresa, no sabía que los jóvenes estaban tan preocupados por la caída del muro, así que me aproximé a las puertas del cine y comprobé que en realidad el público se había congregado para ver la proyección del corto ganador del premio Amalia Gallardo, Si acaso en Chuquiago, dirigido por Daniel Moya.
La trama de este cortometraje consiste en la historia de un anciano folklorista que le teme a la catalepsia (un espectro asedia el cine, es el espectro del escritor Jaime Saenz) y que decide someter a su familia a una prueba de lealtad. Los personajes más llamativos del cortometraje son el pepino (nieto del folklorista), el Ekeko (director de un banco) y el Gendarme Severo, extraído de la obra del escritor paceño Adolfo Cárdenas.
Pepinos, Ekeko, Adolfo Cárdenas, Jaime Saenz, morenadas. Todos estos nombres nos remiten a la narración de una experiencia y al ámbito festivo característico de nuestra urbe. Sin embargo, me atreveré a decir que la fiesta en La Paz no es un evento que salga del tiempo ordinario, sino solamente una ritualización de la cotidianeidad. La fiesta en La Paz remite a una extensa preparación que configura la experiencia diaria. Los trajes de moreno, la fastuosidad de la entrada, son el desvelamiento de esa experiencia bajo la máscara de lo ritual. En el cortometraje, los elementos de la fiesta (el pepino, la morenada) son arrancados de esa cotidianeidad que los constituye para instaurarse en la narración de un cuento en el sentido de Poe: un suceso extraordinario que se cierra en sí mismo. Es decir que el tiempo ordinario, la experiencia diaria es totalmente clausurada. La ciudad que presenciamos en la película, aunque abunde en morenos, ekekos, personajes literarios familiares, pepinos y ñatitas, es una ciudad sin cotidianeidad, carece de la duración de la experiencia.
Puede decirse que la ausencia de un tiempo ordinario supone una elección estética (el grotesco del neobarroco) y está ligada a las limitaciones temporales que supone un cortometraje. También se aducirá que nuestra cotidianeidad consiste justamente en ser excéntrica, en estar llena de eventos extraordinarios que se han hecho comunes para nosotros, que uno de los intereses del cortometraje es revelar la extrañeza que subyace al carácter aparentemente rutinario de lo que diariamente vivimos. Me temo, sin embargo, que lo que aquí realmente se expresa es la imposibilidad de narrar una experiencia que escape a lo absolutamente visible y extraordinario, que salga de lo espectacular. En realidad, pienso que las ambigüedades de la ciudad no siempre vienen a nosotros con el traje inconfundible de un pepino.
La prueba de lo dicho es que en el corto, la pretendida utilización de un grotesco neobarroco y polifónico no está ligada a ningún contenido. En la obra de Cárdenas, cuya presencia en la realización es tan nítida, el barroco está ligado a diversos contenidos que configuran la experiencia histórica de una época. Pienso, por ejemplo, en el gendarme Severo. Severo es, ante todo, un personaje silencioso. Todo lo que piensa es correlativo a su silencio. Por lo tanto, lo ideal es percibir el espacio de la narración desde el silencio del personaje.
En el cuento "Chojcho con audio de rock p'sado", por ejemplo, el tumulto del polifuncional, el ruido de guitarras, los avatares de Villalobos, los grafittis de la pared no nos dicen nada sin el silencio de Severo. La narrativa de Cárdenas puede considerarse barroca porque existe un ansia por colmar ese silencio. Un silencio que se entrecruza conflictivamente con el ruido que intenta acapararlo, que sólo existe como habla para el lector y que emerge gradualmente a medida que discurre el relato. En este sentido, el silencio no representa, pone en abismo, el momento en que los discursos de la prensa, de la publicidad y de la propaganda política se entrecruzan con el mutismo de los actores sociales.
Por la experiencia, hemos perdido el contacto con nuestras voces. El valor de la obra de Cárdenas, en lugar de representar personajes con los que el público se identifica, consiste en devolvernos la posibilidad de contacto con un habla perdida, el habla del migrante, el habla de una generación que nació a la clausura de su propia experiencia. No se puede utilizar la obra de Cárdenas en un cortometraje olvidando completamente los contenidos a los que está ligada.
Un elemento insoslayable del cortometraje es el humor. A mi parecer, tres son las bases fundamentales en el tratamiento que se le da: 1) un humor basado en la risa como la entiende Bajtín, es decir, una risa destructora de hegemonías, una risa que propicia la aparición de lo carnavalesco. 2) Un humor basado en la ocurrencia y en los retruécanos 3) Un intento de llevar a sus límites lo absurdo (el caso del pepino).
Es cierto que el humor paceño tiende a los retruécanos, a los giros que buscan darle un carácter malicioso, por lo general de contenido sexual, a cualquier afirmación. Sin embargo, corremos el riesgo de caer en las ocurrencias fáciles donde la risa es el único rasgo distintivo del humor: “Hay humor porque es chistoso”. “Hay humor porque existe un sentido celebratorio” o , por qué no decirlo, el riesgo de caer en un cinismo ideológico según el cual el humor consiste en romper con las actitudes ceñudas del poder mediante la risa, pero que no hace más que perpetuar las mismas prácticas bajo la afirmación “ Sabemos lo que hacemos pero aún así lo hacemos” ( Zizek) . Más aún, corremos el serio riesgo de que el humor entendido como risa termine en la simple chacota.
En resumen, creo que la calidad estética de la realización es loable, sin embargo, me temo que el manejo de la forma no guarda relación con ningún contenido. Guardo serios reparos respecto a un guión que a veces cae en los lugares comunes y que no narra ninguna experiencia que salga de un repertorio de excentricidades desgastadas, aunque quiera dársele a eso los nombres de barroco y polifónico. De alguna manera, más allá de las bienvenidas entusiastas y celebratorias, me parece que el corto abre la posibilidad de un cine de calidad producido por jóvenes, pero también una pregunta decisiva: nuestra postmoderna generación, que parece no tener que elegir ningún camino, ¿es capaz de narrar una experiencia?