Las miradas contienen secretos, tristezas y alegrías, marcas que persiguen y perduran. De alguna manera, esto es el cine (como la vida misma).
En El secreto de sus ojos, son las miradas de una abogada, Irene (Soledad Villamil), y el funcionario público Benjamin Espósito (Ricardo Darin), las que nos van develando secretos. Ella que fija su mirada hacia el futuro sin mirar atrás y él que no puede apartar su mirada del pasado. Es en este mirar hacia atrás que Campanella configura la dramaturgia del film, con cortes temporales entre los años 71 – 74 hasta nuestros días, cuando el jubilado Espósito decide escribir una novela donde revisa su vida y donde acudiremos, con su mirada, a develar ciertos secretos.
En esta revisión, es la voz y la mirada del viudo Morales (Pablo Rago) quien desentraña el secreto del film y a través de quien se presenta la imposibilidad del olvido: “ya no sé si es un recuerdo o un recuerdo de un recuerdo” y el lastimero “ya pasaron 25 años, olvídalo”. Ambas expresiones suponen varias interpretaciones, que para el contexto del conosur del subcontinente es aún una herida abierta.
Tomando la novela La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri, quien funge como coguionista, la película busca situarnos en la antesala del horror, donde un sistema judicial corrompido en todos sus niveles sirve de filtro para comprender esos extraños años, donde perseguidos se convertirán en perseguidores y donde la justicia es un recuerdo y el matonaje es el triste prólogo de “la Argentina que se viene”.
En esta situación tenebrosa, Campanella nos ofrece una de esas imágenes que jamás se olvidan y que toma distancia técnica con cualquier producción de estas latitudes: la escena de la persecución, donde conocemos a Gómez, en primer momento violador y después sujeto que engrosará las filas de seguridad de Isabelita de Perón; con un largo plano secuencia, este momento del film supone el punto de no retorno en el relato, donde los guiños cómicos y la construcción de un romance de más de 25 años dan paso a algo más oscuro y ruin: la historia argentina va ingresando en la pantalla.
De ahí en adelante, el film va desmenuzando la memoria, compaginada con el presente de una tortura, el como sobrevivir con el pasado, ya sea en el rostro de una mujer flagelada o de un amigo asesinado, o con los miles de casos de asesinato impunes…
La metáfora final del encarcelado, en la que el asesino de la mujer del viudo Morales (alguien que despertaba admiración por su amor) se transmuta en carcelero y en constancia de que el olvido y el perdón no son asimilables, que el duelo, la nostalgia y la fatiga de recordar suponen la tortura más horrenda del género humano.
Quizás debiéramos abrazarnos a los consejos del viudo carcelero Morales, cuando sugiere “no piense más” “quédese con los recuerdos lindos”, cada vez que nos convertimos en prisioneros de nuestros recuerdos y secretos.
Memoria, verdad y justicia. Como siempre y para siempre: nunca más.