Cuando las artes en general y el cine en particular, se interrogan sobre la identidad nacional, Juan Carlos Valdivia hace una radiografía durante 110 minutos a una clase social, que en la tradición cinematográfica nacional siempre fue construida como villana o corrupta, insensible, hasta perjudicial pero ineludiblemente vaciada de rasgos propios y de sentimientos; vaciada de identidad.
Este tercer filme de Valdivia, tras una campaña publicitaria sin precedentes para un producto cultural en Bolivia, supone la puesta en escena de un guión propio del director y de un trabajo plástico excepcional. Desde la dirección de actores hasta el impecable registro, en ZS asistimos al despliegue, muchas veces marginado en el audiovisual boliviano, de la concordancia armónica entre forma y contenido, siempre cuidándose de la instrumentalización del mensaje.
En esta construcción impecable, que logra por momentos enajenar al espectador, más aún si sucede la identificación cuando desde nuestras butacas asumimos un compromiso con lo representado y nos vemos dibujados en la pantalla, acontece lo que cuestiona de una forma subrepticia la película, la identidad. Cuyas estrategias de representación se sirven de espejos, que si bien reflejan y permiten la autoreferencialidad, también descomponen las formas a partir de su quietud, cortando los cuerpos y reconfigurando muy lucidamente un nuevo paisaje, siempre estático. Por ello, la mirada de Valdivia, sólo se mueve en 360 grados, para representar el eje de una circularidad asfixiante, que corta y encierra a nuestros personajes como si el tiempo se hubiese detenido.
Desde la madre Carola (Ninon del Castillo) y sus tres hijos, Patricio (Juan.Pablo Koria), Bernarda (Mariana Vargas) y Andrés (Nicolás Fernández) se explora la soledad, la fatiga, el estancamiento y la sensibilidad de un sector poblacional que sólo tiene y desea su intimidad, con un territorio concreto, una casa. A medida que avanza el metraje adopta personalidad, siendo el lugar donde ocurre el 95 por ciento de las acciones, constituyéndose en una burbuja para sus habitantes. Esta burbuja es y fue la metáfora de la realidad de los habitantes de las clases altas y medias de cualquier ciudad latinoamericana, una burbuja que permite la construcción de la comunidad, afincada en la misma procedencia, deudora de los mismos valores y reproductora de las mismas tradiciones.
Es la burbuja y su condición de habitat la que ofrece, sin secretos, Valdivia, sin ilusionismos ni solemnidad, sólo la laberíntica, ligera y por momentos silente vida de una familia. Por supuesto que una familia de cuna aristócrata se expande sobre la servidumbre, y en el caso de ZS son Marcelina, la jardinera (V. Condori) y Wilson, el mayordomo (P. Loayza) ambos de origen aymara. La exterioridad, que está adentro, y que circunda la burbuja, obviamente con roles distintos, con identidades diferenciadas.
La exterioridad, en esta excepcional puesta en escena, merodea los bordes, habita en el fuera de campo, como una voz, como una imagen, en un graffiti, en un velorio, pero se corporeiza en el único momento de conflicto del film, cuando acusa el cansancio de la introspección visual. En un movimiento dramático, Valdivia fuga hacia delante, con la muerte, como secreto y a la vez fisura de la burbuja, ascendemos hacia arriba, de forma lineal, para recordarnos dónde estamos y en qué momento estamos.
Esta exterioridad, que podríamos denominar otredad alineándonos con una ética diferencialista, se inmiscuye en los encuadres y cobra forma y existencia desde el quiebre de la relación de subordinación de Wilson con Carola, o la oferta, en ese amargo lenguaje del capital, de una señorona a Carola, para comprarle su territorio, su intimidad y recuerdos, la esfera donde siempre vivió: su casa.
Una suerte de epístola o crónica documental es esta puesta en escena que retrata desde el corazón de una clase (casta) sus valores y ritos a un país que decidió cambiar al punto de repensar su existencia.