Quién iba a pensar que, además del desgarro familiar, la nostalgia por la patria y la “fuga de cerebros”, la migración nos traería una desgracia tan insufrible como el peor cine boliviano. Porque el “mal rato” cinematográfico que nos han regalado Paz Padilla y Miguel Chávez con En busca del paraíso no es el primero que tiene por excusa el tema de la migración transnacional de bolivianos. Ya antes habíamos pasado por algo parecido en No veo España, un largo –por fortuna- sólo exhibido en Cochabamba, que intenta reflejar las múltiples facetas del drama de quienes se aprestan a migrar, en un relato coral atestado de historias simplonas, caricaturescas y bochornosas que no merecen más que el olvido.
Pero, a diferencia de aquella producción cochabambina del año pasado, que tuvo al menos el gesto –noble aunque involuntario- de esfumarse rápidamente y sin mayor ruido de las salas, En busca del paraíso no sólo se ha aferrado con uñas y dientes a la cartelera, sino que ha concitado un interés inexplicable de los espectadores. A estas alturas, ya ha convocado a más de 14 mil personas en las tres principales ciudades del país, una cifra que la convierte en un éxito de taquilla (teniendo en cuenta el reducido mercado para las cintas bolivianas). Todo un logro si nos remitimos al rendimiento que tuvieron el año pasado otras películas nacionales como Hospital Obrero y El ascensor, que, aun siendo de muchísima mayor calidad cinematográfica que el filme de Padilla y Chávez, con suerte permanecieron una semana en cartelera (al menos en Cochabamba).
Ahora bien, podríamos seguir devanándonos los sesos en busca de alguna explicación razonable a este éxito (que las malas películas tienen más recaudación, que la Larrieu y las demás modelos convocan, que la película toca un tema sensible como el de la migración, que la crítica le ha hecho un favor hablando mal de ella…), pero, lo cierto, es que no podemos negarlo. Lo más sensato sería, entonces, resignarse y esperar a que la película abandone las salas y nuestra memoria en cuanto antes. Sin embargo, no se puede ser sensato ni olvidar tan fácilmente un bodrio tan insensato e indignante como En busca del paraíso, que, desde ya, tiene ganado un sitial entre las peores películas bolivianas de todos los tiempos.
Ni siquiera vale la pena intentar resumir su argumento, que es lo de menos. Lo mejor que se podría decir de la historia –escrita por Padilla, quien ha venido auto promocionándose como un escritor de larga experiencia y numerosos reconocimientos- es que se trata de un torpe collage de videoclips, con Verónica Larrieu y otras modelos (de pésima actuación, por si faltara decirlo) desfilando por sitios turísticos de Madrid, cual si fueran pasarelas internacionales, y de spots publicitarios para empresas cruceñas sazonados de sketchs de nula comicidad. Estamos ante una obra completamente prescindible, un desperdicio total de tiempo y dinero (porque talento no hay). En busca del paraíso ha conseguido algo que, hasta hace poco, parecía imposible: bajar la calidad del cine boliviano a un nivel incluso más inferior que el de la “comedia provinciana reciente”, representada por obras como Día de boda o La promo.
Y lo ha conseguido porque, a diferencia de aquellas películas, a esta última sus directores se la han tomado realmente en serio, adoptando un cariz dramático de pretendido mensaje social en el que no se percibe ni una pizca de talento o sensibilidad. Los personajes y las situaciones parecen construidos por una mente subnormal (¿alguien se cree que la Larrieu sea hermana de un pueblerino moreno, bajito e incapaz de comunicarse con el “mundo moderno” de Santa Cruz? ¿O que el mismo personaje no tenga un “mango” y se mande llamadas a España de largos minutos? ); los diálogos están hechos a plan de lugares comunes (del tipo “trabajo es trabajo, al final lo que importa es sobrevivir”) que no tienen nada que envidiar a los memorables discursos del “Tuto” Quiroga; las actuaciones son de un nivel deplorable (incluida la ya tan criticada aparición de Elías Serrano como español libidinoso); el aprovechamiento de la figura femenina es tan vulgar que no me quiero ni imaginar lo que pueda pasarles a Padilla y Chávez si se topan con María Galindo (de hecho, habría que reconocerle a Chávez el mérito de haberse inventado una variante del “plano-contraplano”, con el rostro de la Verito de frente sosteniendo una charla con una coprotagonista a la que sólo le vemos –y sólo vale por- el culo); las secuencias en Madrid no son más que fragmentos del videoclip de un aficionado que sólo sabe usar el efecto de cámara lenta; la parte en Santa Cruz parece hecha por un mal imitador de “Chaplin Show” devenido publicista zalamero; la música –al parecer compuesta por el de Azul Azul e interpretada por el inefable Glen Vargas- es espantosa y de una lírica estúpidamente lastimera; la edición de sonido es deficiente; el “mensaje” final es tan ambiguo e incomprensible que podría dejar boquiabierto al mismísimo David Lynch; y claro, la reflexión en torno al fenómeno migratorio no pasa de ser un chiste opa…
En fin, los chascos son tantos y la vergüenza ajena tan insoportable, que ni siquiera da para reírnos de ellos. La indignación es el único sentimiento posible, y el abandono de la sala, la única acción deseable (que algunos llevan a cabo mientras otros, de tan masoquistas y morbosos, no lo hacemos). En resumidas cuentas, no hay nada que destacar de este despropósito cinematográfico. O apelando a las palabras de un reconocido cineasta que tuvo el disgusto de ver la cinta antes que yo, no puedo entender cómo alguien es capaz de poner tanta sonsera en una hora y media.
Dudo que haya una respuesta convincente a esta inquietud, pero, a riesgo de equivocarnos, dejemos que Paz Padilla, codirector de la producción cruceña, auto declarado “mártir” del cine boliviano y firme defensor de la complacencia facilista hacia los públicos, nos ofrezca su explicación:
“Estoy de acuerdo con que no siempre es bueno darle a la gente lo que la gente quiere, el tema es económico, si yo tuviera financiamiento, podría hacer las cosas como quisiera que fueran y seguramente la historia sería distinta; la necesidad tiene cara de hereje, dicen, eso es lo que siento en este momento, pero tengo que seguir abriendo senda, no solamente por mí, sino por los que vienen por detrás”.
Amén.