La preservación de la filmografía argentina siempre estuvo en manos del desinterés y la desidia de los responsables de turno. Sin retrotraernos mucho, películas de fines de la década del 60 como Ufa con el sexo, fueron recuperadas recientemente gracias al esfuerzo de entidades privadas y donde la fortuna jugó su parte. El cine mudo argentino fue el más perjudicado. De las aproximadamente 200 realizaciones solo un 1% se conserva. Entre ese escaso material se encuentran algunas realizaciones del más famoso director del cine silente argentino José Agustín Ferreyra. El hecho de que se haya encontrado y recuperado un film mudo argentino del año 1932 es realmente una gema que hay que preservar. Vale la pena recordar que si bien desde hacía algunos años se veía cine sonoro en la Argentina, sus realizadores no habían dado el gran salto. Recién en 1933 se estrena Tango, primer film sonoro argentino.
Roque Funes, el director de En el infierno del Chaco, fue camarógrafo en muchas películas de Ferreyra y también trabajó bajo las órdenes de Schlieper, representante argentino de las comedias sofisticadas. Ni bien comenzó el conflicto en 1932 entre Paraguay y Bolivia por el Chaco boreal, Funes tomó su cámara y acompañó al ejército paraguayo en sus primeras confrontaciones. El film fue presentado en el reciente BAFICI en la sala del Malba. Tuvo un acompañamiento musical en vivo muy acertado, debido a que la sonorización original a través de discos se perdió.
La guerra del Chaco que tuvo sus orígenes en una disputa petrolera puede ser considerada la primera guerra moderna del siglo XX debido a la logística utilizada. Campo de pruebas para la Segunda Guerra Mundial ya que se utilizaron lanzallamas, tanques y aviones entre otras armas. Funes, por cuestiones obvias, toma una postura netamente paraguaya en el conflicto. En el infierno del Chaco los malos son los bolivianos (fuerzas arteras) y los buenos los paraguayos (combatientes heroicos). Al comienzo los intertítulos no ahorran loas al ejército guaraní aportando poco a lo que ya se está viendo. Ampulosos y retóricos se asemejan a aquellos que escribiera D’Annunzio para el film Cabiria de 1914. A medida que avanza la proyección los textos son más didácticos y brindan información muy útil para situar al espectador en el lugar de los hechos.
Durante tres meses Funes recorrió con su cámara el territorio paraguayo hasta el corazón del Chaco boreal (Boquerón). Son invalorables las imágenes de Asunción tanto en sus panorámicas como cuando el ejército desfila por sus calles. Sorprendentes, al registrar a un grupo de estudiantes paraguayos que retornan desde Buenos Aires, a su país, en barco, para unirse al ejército, todos de impecable traje, camisa y corbata. Inesperadas, las de las ciudades bolivianas de La Paz y Potosí. Me pregunté si la cinemateca boliviana tendría imágenes de sus ciudades como las registradas por Funes en aquella época. Aunque, aparentemente, los bolivianos le han dedicado mucho más que los paraguayos a la Guerra del Chaco, tanto en su literatura como en su cinematografía.
La lente de Funes registra tomas aéreas del Chaco y de los campos de batalla, distintos ejércitos desfilando por ciudades, poblaciones y a campo traviesa, los civiles saludando a las fuerzas a su paso y los soldados desplazándose en pleno combate. Funes como un corresponsal de guerra más muestra primeros planos de cirugías como en La operación del Dr. Posadas (uno de los primeros films silentes argentinos), disparos en pleno combate y los movimientos de flanco de las tropas. Inimaginables registros de la reciente Guerra de las Malvinas.
Además de la plana mayor del ejército la película se detiene, aunque brevemente, en tres personajes: Eusebio Ayala, presidente del Paraguay, quien llevó a su país de la anarquía a la organización, para triunfar en la contienda. Almando Amonacid, aviador argentino, que organizó y comandó la aviación paraguaya. Tachuelita, un diminuto soldado de 27 años y 1,20 metros de altura, digno del programa de Susana Giménez, que baila delante de las cámaras.
Con la ayuda de los mapas que rodó Funes nos hace avanzar en la geografía paraguaya. Primero en barco a través del río Paraguay para detenerse en Puerto Casado, ciudad cercana al Brasil, puerta de entrada al Chaco boreal y bastión codiciado por los bolivianos. Los Casado era una familia argentina que en aquel entonces poseía más de 3.000.000 de hectáreas en el chaco paraguayo. Ellos mandaron a construir los 145 kilómetros de ferrocarril que se internan en la selva y que muestra la película, para extraer la madera que luego venderían a los ingleses, como nos lo cuenta Wulicher en Quebracho.
Vemos el traslado por tren de toda la maquinaria bélica junto con los vehículos de transporte. Una vez que se acaba el ferrocarril los traslados se realizaban con bueyes hasta la isla Poi, cuartel militar durante la guerra. Todo lo registra Funes. Los hospitales de campaña con sus heridos y mutilados, el despliegue de tropas en el campo de batalla, los muertos en combate, los heridos bolivianos tendidos en el suelo mientras los paraguayos intentan confortarlos con ese bien tan preciado que es el agua. El director, gran documentalista, se da el lujo de utilizar stock footage en la escena del fuego de Boquerón. Es el único momento rojizo para una película donde predomina el sepia. En el infierno del Chaco culmina con la toma de Boquerón, donde queda a la vista la importancia de la logística en las guerras modernas. Gran parte del triunfo se debe al rápido abastecimiento de provisiones.
La película no tiene previsto un estreno comercial, por ende no saldrá en DVD. Tampoco está en internet. Existen tan solo dos copias una en poder de la Cinemateca paraguaya en Asunción y la otra en manos de Fernando Peña. Parecería darle la razón al dicho: “Si no la viste en el Malba, fuiste”. Cuando se nos menciona la Guerra del Chaco inmediatamente acude a nuestra memoria el nombre de Carlos Saavedra Lamas, premio Nobel de la Paz argentino y después… una gran nebulosa. Al no estar En el infierno del Chaco incluida en el Plan de Fomento del INCAA del 2004, no existe la obligación de entregar 500 videos al Instituto para que sean repartidos entre Secretarías de cultura de las Provincias, en embajadas y cinematecas. Es una lástima que una obra de tanto valor histórico y didáctico no llegue a las escuelas y universidades. Mientras tanto a las 100 personas que ocupamos la mitad del Malba el jueves 17 a las 16.30 horas nos quedará como recuerdo la mirada de sonriente inocencia de los soldados y civiles paraguayos mirando a cámara, las imágenes de las enfermeras posando como para una foto, el desamparo y la miseria en un medio hostil; pero, por sobretodo, un invalorable testimonio de la guerra más larga y cruenta del siglo XX en América del Sur.