El cine (sonoro) tiene dos elementos para lograr significación (o la no significación): por un lado la imagen y por el otro, el sonido. Estas dos instancias pueden ser absolutamente autónomas, aunque eso no quiera decir que no tengan una estrecha relación. El cine, a partir de estos dos elementos, tiene la capacidad de crear esa otra imagen que la literatura logra gracias al habla, así, el camino del cine hacia una significación es mediato.
El hecho de que habla e imagen sean autónomos, implica que estas dos pueden tener relaciones equivocas: el habla puede contradecir, falsear o corroborar la imagen y viceversa. Así, lo que cabría preguntar ahora, en el caso de Historias extraordinarias, es la relación que existe entre ese narrador omnipresente (que acapara el acto de hablar) y las imágenes.
Este narrador tiene muchas características: en algunos casos adelanta la acción que muestra la imagen, haciendo que esta última pierda fuerza (esto está muy bien calculado, como veremos luego) hasta el punto de hacer algo que parece imperdonable en cualquier narración: arruinar el final, contarlo antes de tiempo, eliminar la intriga. Pero además el narrador se convierte en el vocero de los personajes, habla por ellos, expresa lo que estos están pensando.
Extraña forma de narrar en cine y, sin embargo, un mecanismo absolutamente cinematográfico. Lo que hace el narrador, casi obsesivamente, es quitar a los personajes la oportunidad de hablar, de expresarse por sí mismos (aquí una diferencia fundamental con el narrador omnipresente literario: este nunca va a tener una relación dicotómica con sus personajes) pero además los determina, no les deja actuar, ellos simplemente se acomodan a las situaciones, hacen lo que se espera de ellos, por más que eso implique entrar en situaciones irrisorias, completamente absurdas. Todo muy bien calculado. Los personajes están como en un bote en un río, dejándose llevar por la suave corriente, reaccionando lo mínimo posible, cumpliendo su deber, sin saber cómo (¿es ese el sentido de la tercera historia de la película, la historia de H?). Así, los personajes son simples espectadores de sus propias historias.
Pero hay un momento de salvación, muy pequeño, efímero, sólo un respiro. Ese el momento en que los personajes comienzan a fabular, a inventar intrincadas historias, que les salvan un momento del círculo. Pero esto no dura mucho: el narrador vuelve a tomar el control, corrige la invención. Sin embargo, ese momento es suficiente.
Hay otro momento de escape, oscuro por las múltiples interpretaciones posibles: el momento en que el narrador permite, hacia el final de la película, dar a sólo uno de los personajes principales el poder del habla, para decir una simple frase: "si, es un largo viaje". Una oración enigmática, que la dejo suelta.
El cine narra, pero no como lo hace la literatura. El primero tiene otros tipos de elementos y esto no es una ventaja, en relación hacia el segundo, eso depende de la habilidad del artista. Así, no porque el director de Historias extraordinarias, Mariano Llinás, dé una inédita importancia al acto del habla, signifique que sea menos cinematográfico y más literario. El hecho de quitar importancia y fuerza a la imagen, tiene motivos ciertamente cinematográficos y ayudan a la construcción de significado.