Muchas veces olvidamos que la vida ocurre más allá de lo que nuestra rutina y el aparato publicitario nos enseñan como vida. En ese gran número de otros que nuestra pobreza nos impide ver hay una mayoría de personas que, por haber nacido y crecido en medio de dificultades económicas, debe luchar contra ellas toda su vida. Quizás más que luchar sería correcto decir que “aprenden a vivir con ellas”. De aquí se desprende un camino de larga espera.
Una aproximación a esa espera es lo que Piñero y Monje nos ofrecen en su película del Hospital Obrero. Esa gente sencilla y “de buen corazón”, o un poco gastada, un poco llena de resignación y de rabia, que en la cercanía física de una sala común debe cotidianamente, modestamente, preguntarse por el binomio vida-muerte.
Por debajo de las anécdotas, la posibilidad de la muerte que siempre representa un hospital es el principal motivo de tensión, aquí voluntariamente (y quizás no muy acertadamente) suavizado. Ahora bien, las películas de viejos en hospitales o manicomios cumplen más o menos una estructura que si no inaugura Atrapado sin salida (Forman, 1980?) sí ejemplifica con precisión: no hay vida al interior de la institución, el recién llegado no aguanta las prohibiciones y, dándoles una lección de lo que es vivir, se lleva a los reclusos de paseo. Sin embargo Hospital Obrero no va por ahí, más bien concentra en la tibia amistad de los pacientes, la cual va de divertida a solemne, evitando toda exageración o truco de guión fácil y evitando también cualquier profundidad en la psicología del enfermo.
Supongo que muchos estaremos de acuerdo en lo hasta aquí expuesto. Pero la forma en que está narrada Hospital Obrero da lugar a disensión. La cámara es sobria, impecable, distanciada a la manera de los europeos del mediodía. Por un lado el blanco y negro operando en favor del drama, de la monotonía y de los buenos viejos tiempos de los personajes se asume como un recurso cliché. No quiero decir que gracias a esa fotografía la película no logre algunos de sus mejores momentos: en el plano de apertura, por ejemplo, si el espacio en off logra una fuerte presencia es justamente gracias al alto contraste de blanco y negro en don Omar (que espera a que abran el hospital) dándonos la sensación de un filo tenso.
Pero justo entonces aparece el elemento más desfavorable de la cinta: la música incidental. Su rol es completamente de relevo: apenas descriptiva, se limita a ser una cama para la imagen, que ya dijimos es sobria… En una escena en que los viejitos bajan las gradas, el plano es completamente fijo y la composición muy sólida. La música se vierte ahí como una gelatina de regué completamente desvinculada, incluso burlona. Podría entenderse esto como una ironía, como el famoso elemento distanciador a lo Brecht (decir Brecht es como decir Trostky: muy pocos troskistas han leído a León) pero otras escenas nos confirman que no había tal intención o que a lo mucho era confusa. Y al no haber énfasis definido en la historia de tibia amistad este problema con la música viene a debilitar las cosas.
Adversa también a la dirección de Hospital Obrero, la temporalidad es, no obstante, el elemento de mayor interés, formalmente hablando. A lo largo del guión se ha hecho un gran intento por hacer que prenda la idea del micro y del rompecabezas, sin que llegue a tener el peso necesario para justificar la estructura general. Los capítulos, la división en capítulos, es caprichosa, no responde a ninguna necesidad de la historia y me atrevo a especular que ha sido puesta sólo para hacer más atractiva la película, sólo para prestarle (la palabra es justa) mayor interés.
Pero entonces estamos en una contradicción de fondo pues hablábamos de una aproximación a la gente que estaba más allá del aparato publicitario en que se mueve una ciudad, hablábamos de unos olvidados, y para no deformarlos no había que prestarles esos artificios propios de nuestra clase media -mediatizadora. Esa estructura en rompecabezas hace desconfiar de toda la película… obviamente el director consigue un producto limpio, sin hacer circo de lo humano, pero a través de la contradicción descrita la película queda demasiado débil: esa misma estructura hace que la escena final no tenga ningún peso y le cuesta a la película entera unos insufribles espacios muertos en que vemos el rompecabezas del micro, espacios idénticos a los PLACE COMERCIAL HERE.
Sin embargo es este mismo manejo del tiempo al que Hospital Obrero le debe su mejor momento: ante la inminencia de la muerte, subiendo la cuesta don Omar y su amigo beniano, los flash forwards - por lo alegórico del momento, por lo de despedida en éste - devienen una suerte de flash back y en suma un momento epifánico y en off (de los que contienen toda la vida sin hacer alusión directa a ésta) marcando el verdadero final de la película. No para establecer preferencias sino para marcar parámetros y con ello cierto orden en la selvática lista de estrenos semanales que es hoy por hoy la producción de cine en el país, es justo reconocer que la película de Germán Monje hace gala de un lenguaje maduro y sólido y que ello la ubica muy por encima de la larga lista de películas bolivianas -de las hechas sin coproducción - de los últimos años.
Hospital Obrero se encuentra, para terminar, en un estadio intermedio entre el cine de carácter social (tan aplaudido como rechazado), y un cine más liviano (¿más humano?) que aunque con contradicciones no pierde el rigor formal. Y sabemos que esto último, cuando se asume al extremo, lo es todo para el cine.