En La isla siniestra (Shutter Island) de Martín Scorsese, el alguacil de la policia Edward Daniels (Leonardo Di Caprio) llega a la misteriosa isla donde funciona una especie de prisión/psiquiátrico, para investigar la desaparición misteriosa de una reclusa. A medida que la investigación continua, la historia se comienza a hacer difusa, la línea maniquea entre buenos y malos desaparece y, sobretodo, se disuelve el principio de realidad.
Se dice normalmente que la literatura tiene la capacidad de mostrar la interioridad de los personajes: las palabras pueden describir eso que piensan, encontrar sus anhelos, sus temores, sus recuerdos. El cine, por otro lado, tendría más facilidad en mostrar los comportamientos, los gestos, las actitudes, en fin, la exterioridad del personaje. Tal vez fue Bergman el que de alguna forma rompió con este estigma, con filmes como Persona, en donde todo parece pasar en la interioridad de la protagonista femenina. Lo que hace Scorsese con su nueva película es eliminar esta dicotomía entre exterior¬ e interior.
Esta isla que nos presenta el veterano director estadounidense es un espacio de la indeterminación: lo subjetivo y lo objetivo se disuelven y las fronteras no sólo no son claras, sino que también es posible dudar de su existencia. Esto se traduce rápidamente en el montaje: desde los primeros planos, sentimos que algo falla, hay una ruptura en la continuidad de las imágenes. No se realiza la construcción clásica hollywoodense, sino que se instala un discurso que perturba y demanda un mirada minuciosa.
En la isla es imposible determinar que es la realidad y que es lo que se filtra en ella. Recordemos que la isla es (también) un psiquiátrico y es natural encontrar ahí a gente que tiene una concepción de la realidad más o menos otra, en relación con el común de los mortales. Sin embargo, la película nos provoca: la línea entre locos y cuerdos es muy delgada, ¿quién no está loco? ¿quién tiene la razón y quién no?. Tal vez nadie lo sabe con certeza pero, a pesar de esto, hay una institución que pretende conocer las respuestas. En ese sentido, son los psiquiatras que determinan que es lo real: ya no importa si los médicos son o no sádicos (hay, en algún momento de la película, una analogía con los experimentos nazis), sino que simplemente tienen la razón, y ostentan la posición de poder que posibilita determinar para toda la sociedad lo que debe ser considerado como verdadero.
Ahora bien, ¿es posible dudar de todo?, ¿es efectivamente la isla un lugar de la absoluta indeterminación? Hay algo que se escapa, hay algo de lo que al menos no se puede dudar, que es real al menos para el personaje encarnado por Leonardo DiCaprio. Él, como ex-soldado norteamericano que participó de la liberación de un campo de concentración nazi, vio (vivió) las imágenes del Holocausto y ese recuerdo lo persigue y determina. Sin duda, el Holocausto fue el acontecimiento del siglo pasado, imposible de explicar en su cabalidad: ni una fotografía, ni un documental, ni un ensayo encarnan el terror puro de la experiencia. Sin embargo, el acontecimiento se racionaliza y es ahí donde radica el nudo del problema.
¿Edward Daniels ha construido su memoria, su imagen del Holocausto? O más bien, ¿son los psicotrópicos que es obligado a consumir lo que le hacen dudar sobre lo que ha visto?