Por su tema y sus antecedentes académico-investigativos, Un día más parecía estar condenado a ser un documental cuasi institucional –al estilo El estado de las cosas, de Marcos Loayza- sobre la migración, que echaría mano de los insumos estadísticos y del análisis sociológico que tanto deslumbran a las autoridades, los organismos de cooperación y los periodistas.
Sin embargo, Leonardo de la Torre y Sergio Estrada, los directores, se decantaron por contar una historia de vida, la de un poblador de Arbieto (Valle Alto cochabambino) afincado en Estados Unidos al que la nostalgia le puede siquiera una vez al año y vuelve a su terruño. Los realizadores han conseguido “humanizar” un hecho sociológico-antropológico, algo que con frecuencia busca el cine documental, pero que consigue cada vez menos. Y lo han logrado apelando a una –Carlos Sorín dixit- “historia mínima”, que ilustra en sus escasos 80 minutos la complejidad del fenómeno migratorio, más allá de la morbosidad por los números sobre los compatriotas bolivianos en el extranjero o su impacto económico en forma de remesas. S
ería un error creer que la historia contada sea representativa de todas las de nuestros compatriotas que viven en el exterior o, incluso, de aquellos que residen en Estados Unidos. Pero se me hace muy difícil imaginar bolivianos en el exterior –al menos a los de la generación del protagonista- que no caigan presas del desgarro y la nostalgia que don Diógenes Escóbar revela al hablar de Arbieto; así como me gustaría creer que la recreación de las costumbres y prácticas locales en la comunidad de Escóbar en el Norte –las comparsas carnavaleras, las comidas o la pasión por el “Wilster”- no es sólo un fetiche antropológico, sino una estrategia de sobrevivencia cotidiana para los emigrantes. Eso sí, no estamos ante un documental impecable.
Si hay algo que reclamarle a de la Torre y Estrada es no haber sacado mayor provecho a la historia y la locuacidad de su excepcional protagonista. Y es que así como hay que reconocer la integridad de los autores por evitar desatar la lágrima fácil del espectador, cuando el tema se brindaba a ello, cabe también observarles a momentos por su ascetismo narrativo. Con todo, el filme está lejos de llegar al extremo de un documental como El estado de las cosas, que parece hecho a la medida de la institución patrocinadora y su afán por “socializar” los resultados de un informe.
Si hay algún destinatario de Un día más, ése es el compatriota migrante en el exterior, el familiar que le espera en Bolivia y llora cada vez que recibe una llamada telefónica suya o, incluso, el amigo que en las reuniones de colegio lo recuerda. Dudo que haya muchos bolivianos que no entren en cualquiera de estas categorías