Uno de los personajes-entrevistados de la película Vals con Bachir, cuenta sobre un experimento muy interesante; se muestra a varias personas, fotografías de su infancia y entre ellas, un fotomontaje, en donde la gente aparecía en lugares y situaciones en las que nunca había estado. Extrañamente, la mayoría de la gente, no sólo se reconoció en la foto y afirmó que verdaderamente estaba ahí, sino que también, fue capaz de contar una anécdota de lo que supuestamente pasó ese día.
Barthes, en la Cámara lúcida, afirma que el noema, el elemento irreductible de la fotografía, es la certificación que lo que está en la imagen fotográfica, efectivamente ha sucedido (esto ha sido). Metz extiende el planteamiento del semiólogo a las imágenes- movimiento. Para él, como para el personaje de la película, hay algo en la estructura psicológica del ser humano (en este caso, es el fetiche) que nos invita, nos fuerza a creer que lo que estamos viendo, por más que sepamos que es una ficción, es verdadero, que ha sido.
Ahora bien, intentemos de invertir la relación, ¿Qué pasa cuando esto ha sido pero no hay imágenes, es decir, cuando no hay recuerdos? Lo único que resta es crear memoria, hacer imágenes que certifiquen la existencia de un acontecimiento, de un objeto, de un ser.
Tal vez con estas aclaraciones previas, podamos entender la arriesgada propuesta del director israelí Ari Folman, con su película Vals con Bachir. El film se constituye como un documental, más o menos clásico, donde el hilo narrativo es llevado gracias a entrevistas. Cuenta la historia del propio director que quiere recobrar los recuerdos de la guerra entre Líbano e Isarel, donde el mismo participó como soldado a una corta edad.
Folman sólo encuentra una forma para recuperar (reconstruir) los recuerdos y las imágenes perdidas: a partir de la animación. Inventa un nuevo género cinematográfico, algo así como un documental animado. Entonces, el director, con una imagen vaga, casi surrealista, empieza su carrera contra el olvido. Entrando en la memoria, adentrándose, como diría Bergson, en las capas del pasado, para encontrar un punto brillante (una cara, un lugar, un rasgo, ect…), esa imagen-recuerdo que le permita estar en paz consigo mismo.
Así, la película divaga entre imágenes que no necesariamente están acordes a la realidad, son reconstrucciones mal hechas, que deben ser certificadas, avaladas por la memoria (y las imágenes) de otros testigos, hasta llegar a la verdad. Sólo al fin, cuando las piezas logran encajar, cuando la memoria se convierte en una cosa colectiva, las imágenes surrealistas, la animación con detalles toscos, las líneas que sólo nos hacen ver contornos y nada más, desaparecen, para darnos el noema de la fotografía, el esto ha sido, para darnos la imagen de lo real, para dar paso a filmaciones de la guerra.
La película nos dice algo muy interesante sobre el cine; éste tiene la capacidad de convertirse en una máquina de hacer memoria, de demostrar, que efectivamente, esto ha sido. De esa manera, el cine es una herramienta política, que, como en Vals con Bachir, nos ayuda a recordar ciertos sucesos de la historia de la humanidad, que han sido relegados al último rincón de nuestra memoria. Podemos, con la imagen, reconstruir los recuerdos y no es exagerado decir, que ésta, en estos tiempos, puede remplazar la memoria. Por supuesto, ésta extraordinaria capacidad, puede llegar a ser un arma de doble filo…