No es casual que en Bolivia durante los años 90 hayan surgido vías en las que la carrera cinematográfica se expandía y muchos – en ese entonces, jóvenes entusiastas – llegaban y partían tras la formación de conocimiento y búsqueda cinematográfica, otros de manera autodidacta experimentaban lo que estaba al alcance del mercado.
En 1989, el público boliviano recibía el impacto emocional de descubrir una nación que salía de la clandestinidad y la negación, la fuerza reflexiva de conocer el valor poético de la realidad, el conocimiento y búsqueda de una identidad no sólo cultural sino también artística. Este impacto era reconocido en el festival de cine de San Sebastián, Jorge Sanjinés recibía la Concha de Oro por su obra La Nación Clandestina.
Este reconocimiento sacaba de la clandestinidad a la rigorosa búsqueda de un lenguaje propio, el puente para que espectadores de todos los continentes sean participes de la intensidad emocional que recorre esta nación, todo a través de una narración magistralmente ejecutada.
Este impacto se inicia con el tratamiento de la puesta en escena; esta se traduce en la ausencia de pestañeo para el seguimiento narrativo de la obra, el espectador viaja con la cámara recorriendo todas las situaciones y lugares sin demandar la imposición de un nuevo plano en una misma unidad narrativa. Todos los valores de planos están compuestos como unidad secuencial guiada por la propuesta de los acontecimientos dramáticos, por supuesto cercanos al público.
La atmósfera en la que se van desarrollando estos acontecimientos los hacen austeramente verosímiles, sin la necesidad de grandes despliegues de producción es posible entrar en el ambiente político y represivo que circunda la historia. Ha dejado en el futuro de las producciones nacionales el verdadero trabajo riguroso de mirar su realidad.
El recorrido se hace más cautivante a medida que se va experimentando el manejo del tiempo cinematográfico, la película se inicia con el final de la historia cronológicamente asimilada (algo que sin dudas actualmente no es para nada novedoso), los elementos que nacen de las secuencias posteriores son la entrada en el contexto de lo que posteriormente es el inicio y seguimiento de la historia de muerte y redención circunscrita en tiempos diferentes y que no tienen ningún problema en que el espectador madure.
La trágica travesía de Sebastián Mamani es interpretada con el espíritu mismo del ser andino, con toda la integridad y vergüenza que es esto conlleva, esta interpelación a sí mismo alimenta, junto con la puesta en escena, el diálogo intrínseco con el espectador que tiene el tiempo suficiente para la reflexión de lo que plantea el discurso.
El planteamiento de lo que sucede, recorre la historia indígena boliviana actual, la reforma agraria, su consecuencia; la cruenta dictadura militar, su realidad y sobre todo la pérdida y desconocimiento de la verdadera identidad de nuestros pueblos.
Sin duda que La Nación Clandestina ha sido la conjunción de muchos aspectos como también el resumen de búsquedas y encuentros no sólo a nivel nacional, sino latinoamericano, es la presentación y representación de un autor maduro y seguro, la consagración de una obra que afirma la compleja funcionalidad del cine.
No me cabe la menor duda que los cineastas formados y reformados en la década de los 90, posterior al reconocimiento legítimo de La Nación Clandestina, ha recibido la influencia de todos los aspectos de esta obra y sobre todo se ha visto la verdadera dimensión y realidad del cine nacional. La formación y búsqueda de lenguaje es sencillamente mirarnos a nosotros mismos, con toda la diversidad de propuestas y estética, pero con el valor de hacerlo.
Es La Nación Clandestina, con la mayor elocuencia, la película con el galardón más representativo del cine boliviano y bien merecida se lo tiene.