Pasa algo curioso cuando los productores americanos deciden pasar a la pantalla grande series más o menos famosas de televisión. Así como aumentan el tamaño de la imagen, de la pantalla, intentan que las historias sean del mismo tamaño, muchas veces olvidando que la esencia del programa original era otro. Así pues, cuando se hace “La Película” (con mayúsculas) se hace de los personajes titánicos capaces de todo o se busca que aparezcan en una aventura enorme que les queda como anillo al dedo a personajes que normalmente no estaban hechos para tales trajines. En pocas palabras, se hace que estos personajes “salven al mundo”, cualquier cosa que eso signifique. Esto, por supuesto, tiene un poco la intención de borrar el estigma “televisivo” de la película, para que no parezca que lo que se muestra en pantalla es simplemente “un capítulo largo” de la serie. Se intenta hacer de “La película” algo excepcional y, por tanto, es necesario ver a los personajes en papeles también excepcionales.
Un poco de esto sucede en Los Muppets, aunque en escala más o menos reducida. Los personajes míticos son juntados por uno de sus fans para salvar el estudio de las famosas marionetas de un malvado empresario que busca apoderarse de él, porque supone que ahí hay un enorme yacimiento de petróleo (¿referencia a la actualidad mundial?). Así pues, los personajes se ven envueltos en una gran aventura, una enorme carrera contra reloj para salvar su mundo. Tal vez lo interesante de este planteamiento, a diferencia de otros, es que aquí el medio para salvar el estudio es justamente la televisión, el lugar donde los Muppets se sienten en casa. Así pues, se trata de alguna manera de insertar la televisión al cine, sin que esto implique una pérdida en el carácter cinematográfico de la obra (es decir, su “grandeza”).
Planteada así la historia, el lector podrá imaginar que en el film no encontrará ninguna sorpresa narrativamente hablando. El film recurre a todas las formulas narrativas del sueño americano, típico de una infinidad de películas. No es ahí pues, donde encontraremos algo de valor en el film, sino más bien en los orígenes de estas simpáticas marionetas: la televisión. Es a la hora de recrear los sketchs típicos de Los Muppets, ciertas canciones (no la filmadas “cinematográficamente”, sino las que imitan un escenario de teatro) y en los chistes propios de programas de televisión, que el espectador logra conciliar una sonrisa y finalmente pasarla más o menos bien con la película. Esto no tiene nada de extraño, puesto que la gente que hace el film de los Muppets no son gente de cine, sino más bien de televisión, empezando por el director, James Bobin, siguiendo por el protagonista “humano” principal, Jason Segel, (de la serie How I meet your mother) y, por supuesto, sin olvidar a la mítica rana René.
El hecho de afirmar que son las partes televisivas las mejor logradas en el film de los Muppets no es un hecho meramente banal y nos debe llevar a la reflexión sobre la buena salud que goza actualmente la televisión americana en detrimento de su cine. Las grandes producciones cinematográficas de los últimos años no logran hacer tanto furor como productos pensados y realizados para la televisión. Es el caso, por ejemplo, de las series realizadas por el que tal vez sea el más creativo y original director americano de la actualidad: J.J. Abrams, en particular con la serie inolvidable Lost. Los Muppets son un ejemplo de que las mejores producciones audiovisuales americanas (excluyendo por supuesto, el cine que no entra en los parámetros de producción de Hollywood) se encuentran en la pantalla chica o sólo funcionan en cuanto tienen elementos provenientes de ahí. Con esto se va en contra del desprecio natural que se tiene contra la televisión a favor del cine.
En los últimos tiempos, con la llegada del digital se busca a toda costa “matar el cine”. Es decir, afirmar que el cine que conocemos está a sólo meses de morir, para dar paso a otra cosa, la cual todavía no sabemos qué es (no por nada el número de Noviembre de 2011 de los Cahiers du Cinéma titula Adiós al 35: La revolución digital ha terminado). Si esta afirmación, que tiene sin duda alguna el carácter exagerado típico de las reflexiones postmodernas, contiene algo de verdad, la constatación arriba hecha puede ser un síntoma de aquello. Ya no vamos al cine para ver una buena comedia, puesto que tenemos en nuestras casas o en la computadora series como How I meet your mother, tampoco vamos a ver cine de aventuras o de misterio, puesto que para eso tenemos a Lost. Así, la lista puede seguir más o menos infinitamente.