Ambientada en un pueblo de nombre Eichwald, en la Alemania del Kauser, La cinta blanca, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2009, gira entorno de los extraños acontecimientos que perturban a la comunidad. La película está narrada por el profesor de música de la escuela, quien advierte al inicio una de las provocaciones de su relato: “…a lo mejor así podría aclarar algunos de los sucesos que ocurrieron después en este país”. El relato de este personaje indaga en la vida en este lugar, dominada por la rigidez moral del protestantismo y la represión emocional y física son norma, donde comenzarán a producirse extraños crímenes que no responden a ninguna razón aparente. Poco a poco, a través de la voz del profesor, empezaremos a intuir que estos actos guardan relación con las estrictas normas de conducta que imponen padres a hijos.
Con una sobria fuerza visual que nos sobrecoge y distante de anteriores películas, Haneke logra construir una serie de situaciones violentas que trascienden lo físico. Acusado de hiriente e incómodo, el cineasta más polémico del cine europeo contemporáneo indaga ahí donde las reglas sociales y las normas de comportamiento estrangulan la individualidad y la tensión se hace insostenible hasta reventar. En el caso particular de La cinta blanca, esta explosión, que funciona como predecible catarsis, se sucederá en el fuera de campo, porque no importa el acto, sino el sistema social que lo engendra.
Es en el fuera de campo, flotando como un eco o una premonición, donde habita la violencia que se avecina, como germen y promesa, ya que no es un misterio saber de que lado estarán los niños crueles de La cinta blanca cuando ascienda al poder el partido nazi. En este sentido, el film es como una débil excitación de la tormenta que se avecina. En el epilogo, tras el asesinato del archiduque Ferdinand en Sarajevo, Austria declara la guerra a Serbia, Alemania a Rusia e inmediatamente a Francia, iniciandose así la primera Guerra Mundial.
Se ha dicho que Haneke es un maestro del terror, porque toca las fibras del miedo. Sin embargo, el cineasta rompe con el género por su renuncia estética: no hace de la muerte y la violencia alegorías visuales, sino que las representa e intenta comprenderlas desde la tensión entre las normas de comportamiento social y la individualidad, convirtiendo su discurso en una explosión de violencia, siempre liberadora.
Con La cinta blanca, Haneke confirma su vocación siempre en contra de la imagen complaciente que la sociedad europea tiene de sí misma: tolerante, culta y equilibrada. Lo que hace es proponer una reflexión sobre el origen del mal en el siglo XX y, a su vez, cuestionar sobre el tipo o los tipos de maldad que estamos engendrando a inicios del XXI.