Las películas infantiles (y no tan infantiles) americanas nos han acostumbrado a una imagen del mundo bastante simple: hay los buenos, ganadores y perfectos y los malos que lo son simplemente porque así se dio el mundo. Por supuesto, todo teórico del guion sabe que un film de acción (en el sentido deluziano del término, es decir, en donde la trama se construye a partir de encadenamientos de acción-reacción), tiene que haber un binomio, es decir, un héroe y un anti-héroe. Sin embargo, la forma en la cual se elaboran a los representantes de estas dos funciones básicas, en el intento de hacer redondos a los personajes, es donde podemos hacer una versión maniquea del mundo o algo totalmente diferente y por supuesto, mucho más enriquecedor.
Si bien Mi villano favorito de DreamWorks, apela en la mayor parte de la película a los gags ya conocidos (lo que no quiere decir que no sigan funcionando) y a los giros de guión clásicos del género, intenta romper el precepto clásico arriba mencionado. En efecto, nuestro protagonista es el anti-héroe de siempre: el villano, que lleva a cabo un plan malévolo, el cual tiene como único objetivo molestar al planeta entero. Aquí, a diferencia del paradigma clásico, se busca dar una explicación al accionar del personaje. Así se apela al tormentoso pasado que Gru (el protagonista) ha vivido con su madre, lo que viene como anillo al dedo para justificar el enorme amor que siente por sus hijas adoptivas. De esta manera la esencia del mal que tiene todo villano, debe ser equilibrada, con cierta característica imprescindible de cualquier humano y que sin embargo, los filmes de este género prefieren obviar para este tipo de personajes.
Así, como el bueno, es por definición malo en el film, el anti-héroe, podría convertirse en un tipo realmente despreciable. Sin embargo, con buen tino, se evita ese extremo, al punto que cualquiera podría ser el héroe o el anti-heroe de la película, sino fuera por la inclusión de las niñas (las cuales, estas sí, representan el bien absoluto).
La película entonces trata de enseñarnos una lección que, a nosotros, ya siendo adultos no logramos entender a cabalidad: no todas las cosas son absolutamente buenas, como tampoco lo son absolutamente malas. Se nos ha acostumbrado a pensar siempre en oposiciones, entre el yo (infinitamente bueno) y el otro (infinitamente malo). Es por eso, que un ejercicio, como el presentado ahora por DreamWorks, resultan tan importante, y ojalá se convierta en un especie de paradigma, no sólo porque el tema del film lo permite (como en el caso claro de Mi villano favorito) sino también, para reconocer, ya desde nuestras imágenes más precoces, que no hay nada absolutamente blanco ni negro.