La historia del cine nos cuenta, que cuando los hermanos Lumière hicieron sus primeras proyecciones con su cinematógrafo, la gente estaba absolutamente fascinada. Pero no porque las vistas mostraran algo exótico y diferente ni mucho menos, tampoco hacían siquiera el esfuerzo de contar una historia. ¿Qué es entonces lo que fascinaba al público que iba a ver las sesiones de los Lumière? Estamos obligados a reconocer que lo que atraía al público era simple y llanamente la imagen.
Ya más tarde, a la imagen se le pusieron aditamentos, le obligaron a contar una historia, le dieron una especificad completamente artificial como es el montaje. La trasformaron en otra cosa. Nos hicieron, como bien dice Jorge Sanjinés, espectadores masoquistas, imposibilitados de disfrutar la imagen por sí misma.
Un hombre está por perder la vista, decide entonces, llevarse a un niño e iniciar un viaje para encontrar un lugar donde el cielo es de todos los colores.
Este argumento tan simple es suficiente para Juan Pablo Richter, quien en su cortometraje ¿De qué color es el cielo? estrenado recientemente, nos hace reflexionar sobre el estatuto de la imagen. Richter construye fragmentos de imágenes que buscan no sólo devolver al público el derecho al placer de la mirada, sino que nos sumergen al mundo del personaje. Doble intención: por un lado, se nos invita a ver, pero por el otro, se nos recuerda constantemente la fragilidad de la imagen, puesto que en la película esta imagen es la de un futuro ciego. Así, la cámara se convierte en un intersticio, en una “ventana indiscreta” que se abre hacia el mundo de los personajes. Hace visible una imagen, pero esconde otra, haciendo que el fuera de campo, el ir y venir de los personajes en el encuadre sea fundamentalísimo para armar el discurso que se propone el director.
En este marco, en el intento de establecer una paradoja en la imagen (el ver y el no-ver, tensión inevitable que prepara la fatalidad final), Ritcher encuentra la máxima pureza de las imágenes. Se escinde de los objetos y de los personajes haciendo que la imagen encuentre un grado de independencia insólito con su referente. ¿Qué es lo que queda entonces en la imagen? Sólo color.
Pero el cineasta no sólo se conforma en llevar la imagen a tal grado de pureza ni en armar este intersticio, donde nos incita, nos obliga a buscar la mirada perdida. Hace algo más: construye lo que Deleuze llamaría la imagen-tiempo, hace que el tiempo se convierta en una imagen, festín de sensaciones sin duda. El pasar de un lugar a otro, la espera que concluirá en una fatalidad, las ansias, el plano en donde el niño comienza a contar hasta el cien, se equivoca, recomienza dos veces más para llevar sutilmente a la hecatombe.
Lo que nos propone Richter, en sólo media hora, es un cine sumamente humanista, que se instala en la tradición de directores como Lisandro Alonso o Hou Hsiao-Hsien. El planteamiento es simple pero completamente necesario: devolver la mirada al público. Mirada que se había perdido por una cierta forma del cine, condicionada por ese enorme monstruo deshumanizador que son las leyes del mercadeo, de la industria y de la técnica en general.