Que el digital ha democratizado el acceso a los medios de producción y posproducción cinematográfica, ya no es una novedad ni en Bolivia ni en ninguna parte. Que ha abaratado y, en consecuencia, multiplicado la oferta audiovisual es de Perogrullo. Que en Bolivia el soporte está siendo sobre todo aprovechado por cineastas de la periferia –Santa Cruz, Cochabamba, Tarija, Potosí, Sucre- , en una suerte de descentralización de la producción cinematográfica nacional, históricamente asociada al cine hecho en La Paz y por paceños, es algo que se cae de maduro. Lo que aún sigue siendo motivo de debate es si la era digital del cine boliviano ha traído algo más que una pérdida de rigor y seriedad en la calidad técnica, narrativa y discursiva de nuestra cinematografía. Y aunque hay realizaciones que fácilmente pueden echar por tierra esta hipótesis, tales como Dependencia sexual (Rodrigo Bellott, 2003), Lo más bonito y mis mejores años (Martín Boulocq, 2006) o la celebradísima Zona Sur (Juan Carlos Valdivia, 2009), hay otras tantas que están como para darle toda la razón a la vieja guardia del cine boliviano.
No siendo éste el espacio propicio para lanzar a la pira a todos quienes han metido la pata cámara de video en mano, he de concentrarme en la que considero una de las experiencias más patéticas, cuando no la más bochornosa, del digital boliviano: No veo España, opera prima del realizador cochabambino Ariel Coca, exhibida en Cochabamba entre finales de julio y principios de agosto pasados. Promocionada como la primera cinta boliviana realizada en formato "Blu-Ray" (¿?), No veo España apela al asunto de la migración transnacional hacia la nación ibérica, tan sensible y actual para la población boliviana, para contar un conjunto de historias cruzadas que se ambientan en Cochabamba. Con un registro que oscila entre la tragedia telenovelesca y la comedia "opachistosa", la cinta se propone reflexionar sobre los dramas que angustian a quienes se arriesgan el sueño europeo y a los que están condenados a quedarse en el país.
Un albañil (interpretado por el propio Coca) que no quiere migrar, pero al que su esposa lo presiona a dejar su país; el invidente que es hermano del albañil y se gana la vida cantando en la calle; un abogado tramitador que hace negocio con los migrantes urgidos de papeles para viajar; un ecuatoriano que recala en Bolivia para poder llegar a Europa sin mayores restricciones; y un indigente que parecería no tener nada que ver con el resto, integran, entre otros, la galería de personajes a la que el director recurre para construir una historia que lleva por lema "El que se queja es un cojudo" (una advertencia que difícilmente podría ser aplicable para quienes han visto el filme). La introducción de un eslogan ya nos habla del opinable espíritu de esta producción, que no es más que un pésimo y larguísimo spot publicitario que se propone insuflar la autoestima de los bolivianos que apuestan por el país y a los que el éxito los estaría esperando a la vuelta de la esquina. De hecho, la secuencia final es una producción eminentemente publicitaria en la que se intercalan el Cristo de la Concordia, las diversas gentes cochabambinas, las azafatas de la Feria Internacional de Cochabamba y un par de ingenieros encascados revisando un plano que nos remite a una Cochabamba en constante progreso; una secuencia consagrada con la tricolor flameando sobre el azul del cielo valluno.
Tengo entendido que este proyecto fue financiado con fondos de fundaciones extranjeras vinculadas a migrantes bolivianos en Europa, por lo que intuyo que su fin inicial fue avivar la nostalgia de nuestros compatriotas mediante una serie de postales de su tierra natal. Si con eso le bastaría, no habría mayor problema. Pero, siendo que sus realizadores han intentado disfrazarla de película seria, haciéndose pasar por cineastas, una pretensión muy de moda y que suele operar en desmedro de la seriedad de las propuestas fílmicas, lo menos que provoca esta tomadura de pelo es bronca. Bronca por las deficiencias insalvables en el guión (¿un ciego abandonado que encuentra por casualidad a su amigo y luego encuentra el éxito grabando un disco?), por la pésima construcción de personajes (¿un ecuatoriano que no quiere revelar su nacionalidad?), por la deplorable labor de los actores (Willer Vidaurre, recordado por muchos como el Filemón Escóbar llorón de Evo pueblo, intenta acá, en el papel del abogado tramitador, ser más malo que el Daniel Plainview de Daniel Day Lewis, pero su registro no está ni cerca de una mueca del hijo mudo There will be blood) y por la visión simplona y reduccionista de la migración (¿será que irse del país es un acto de crueldad con los que dejamos, como se hace creer mediante el personaje de la esposa del albañil, que resulta más mala que Cruela de Vil?). Y ya ni hablar del demagógico mensaje publicitario del final, que habría que venderlo a los responsables de la campañas de "Hecho en Bolivia" o de la propia Feria Internacional de Cochabamba.
La experiencia de No veo España me ha hecho caer en cuenta de que, si bien no es cierto que el digital sólo ha traído miserias al cine boliviano, no lo es menos que ha facilitado metidas de pata casi imperdonables, que no sólo merecen reclamos airados como los proferidos por la vieja guardia del cine nacional, sino medidas concretas e inmediatas. Qué sé yo, se me ocurre repartir afiches tipo "Buscado" de los responsables de tales despropósitos para que se les restrinja la venta de cámaras de video y otros accesorios o conseguir una lata en la que los afanosos que la caguen repongan toda la plata invertida en sus películas para financiar nuevos y mejores proyectos. Son sólo ideas, se aceptan sugerencias…
Antes de terminar, una anécdota que puede que ofrezca una panacea preliminar a la situación. Mientras escribía este comentario, quise revisar la página web de No veo España que se había habilitado para su estreno. Para más inri, el sitio ya había "desaparecido". Al principio sentí aún más indignación hacia los responsables de esta producción. Luego comprendí que su erradicación de la red era lo mejor. Me reconfortó la idea de que esta película pudo haber sido sólo un desagradable sueño, una amarga pesadilla, un mal viaje. Quizá sea ésa la mejor forma de recordarla.