Eryk Rocha, en Pachamama, propone algo así como un road movie documental. Se adentra en lo que él llama “el corazón de América” para encontrar algo que no sabe muy bien que es. Lo que quiere es ver a ese otro, a esos vecinos suyos, adentrarse en sus fronteras y tratar de comprender. Intenta encontrarlos para conocerse a sí mismo, viaja por Bolivia y Perú, para encontrar el corazón profundo del Brasil. Rocha no nos dice que es lo que encuentra en su viaje y la pregunta, siendo nosotros “el otro del otro” se hace bastante complicada. Habría que preguntarse entonces, que es lo que nos muestra ese otro sobre nosotros, que es lo que sorprende a esa mirada que no está empapada de política boliviana y peruana, que es lo que devela en el extrañamiento de su cámara.
La película comienza con el vertiginoso movimiento de cámara en el auto, imagen que se repite y nos lleva de un espacio a otro, de un discurso al siguiente. La voz de un locutor de radio nos habla de la coyuntura brasileña, la política multilateral de Lula y del problema del indígena. En este último reside el interés de Rocha. La película se mueve en tres países, en donde la situación indígena en cada país es diferente del otro. Hay, tal vez, un sentido de progresión, se parte del país más atrasado a lo que se refiere a políticas de inclusión social, para pasar a otro en donde una rebelión indígena parecería estar en germen (hay algo de profético: Rocha filma antes de las protestas de los indígenas de la selva del Perú, que pasó hace poco) y luego, para finalizar, a un país en donde el movimiento indígena ya está consolidado.
Los indígenas del Perú tienen la actitud del diálogo, para entender el problema social, hablan de Mao y del papel de la iglesia, pero sobre todo de la “experiencia boliviana”. Es ahí donde se encuentra (para ellos) el germen de la inclusión del indígena en las políticas estatales, en el ejemplo boliviano. Rocha se da cuenta de esto y va en busca del germen, de la revolución “realizada”.
Aquí hay un cambio en el tratamiento digno de hacerlo notar: el diálogo se cambia por el discurso, la cotidianidad se transforma en pose (como la plantea Barthes), pero además, tanto las palabras como las imágenes se convierten en violencia. En Perú, Rocha sólo se queda con el discurso indígena, no trata de buscar la contraparte, porque tal vez esta no exista, aquí los indígenas sólo existen como mera potencialidad y por tanto, no tienen una oposición fehaciente. Pero en Bolivia si hay choque, si hay acción, los discursos se contraponen, se contradice al otro y además se lo niega. La violencia está en los dos bandos. Ese es el núcleo de la “experiencia boliviana”, la inclusión no se da pacíficamente, la conciencia de un grupo implica negar al colectivo contrario y éste, a su vez, se siente amenazado y responde con violencia.
El mérito de Rocha es de encontrar ciertas constantes en los discursos, contraponerlos con otros, encontrar gente muy interesante que no sólo habla desde su individualidad sino que también son viva expresión de las necesidades de sus respectivos pueblos. Rocha se anima a hablar de Bolivia, como muchos tantos, pero lo hace de manera respetuosa, sin imponer nada, guiado por su curiosidad y por el anhelo de conocerse a sí mismo.