Hay un momento en la historia del cine en donde terminan cayéndose todos los grandes ensayos heroicos y revolucionarios. Cae ese esquema de representación en donde la cámara representa directamente los intereses del pueblo, caen Eisenstein y Solanas.
Es extraño empezar así una crítica de una película como Persepolis de Marjane Satrapi y Vicent Paronnaud, que está justo en la frontera entre un cine político y otro tipo de cine, que puede ser un cine-biografía, un cine-terapia o un cine-histórico. Bien se podría decir que justamente está en la frontera, no logra ser verdaderamente un cine político, por su acercamiento íntimo hacia la vida del personaje (que es la misma Satrapi). Pero es eso lo que le da el valor (político), lo que hace que la película sea moderna y que no siga los esquemas clásicos del cine de los grandes ensayos, que por los demás sólo logra interpelar cuando el espectador está ya preparado para eso, es decir, cuando ya está convencido de las ideas que expone la película de antemano.
Persepolis es un cine político y lo es justamente porque no es un gran ensayo de ese tipo. Ya no es la omnipotencia de la cámara o la del propio director la que va en busca de la verdad, como quien juega a las escondidas. Aquí se trata sobre todo de intimidad, de sentirse dentro de la Historia, es encontrar como ésta determina la vida de un sujeto. Así, lo que importa en Persepolis es buscar la memoria propia (de otra forma que en Vals con Bachir, aquí no se ha perdido la memoria). Se hace un cine subjetivo que no busca narrar los grandes eventos de un país como Irán, sino mostrar cómo eso eventos han ido configurando a un individuo en concreto. Primera diferencia con el cine de político clásico.
La segunda diferencia de este cine emana de la primera: como ya no son centrales los grandes acontecimientos y éstos son sólo válidos en cuanto afectan a la vida del individuo, éste ya no es dueño de la Historia. Así, Satrapi, aunque inmensamente conmovida por los sucesos, sólo logra ser una espectadora, no es dueña de su destino y tiene que atenerse y acomodarse lo mejor posible a las circunstancias. Siendo una espectadora, es innegable su identificación con el otro tipo de espectador, el que ve la película, el que ve los acontecimientos sin poder revertirlos, sólo mirando, sin posibilidad de acción. Es ahí donde este cine se convierte en un cine político: en el momento en que sentimos la impotencia de la protagonista y necesariamente nos identificamos con ella. Sólo así, el cine interpela.
Con lo dicho, encontramos una similitud con otro director iraní: Abbas Kiarostami (al menos en la tribología: ¿Dónde está la casa de mi amigo?, La vida continúa y A través de los olivos). Al igual que Satrapi, Kiarostami encuentra los grandes (y violentos) esquemas de pensamiento del régimen iraní, no en los grandes sucesos (aunque en Persepolis, los directores se dan un tiempo para explicarlos y comentarlos), sino más bien, en lo más cotidiano. En ambos, los personajes nos muestran cierto tipo de fatalidad, pero que en cierta forma está recubierta de una fuerte subjetividad, que hace que lo que se muestra en las imágenes sea mucho más asimilable.
Vemos la historia de Irán mezclándose con lo más íntimo de una persona, vemos los temores, la cotidianidad entre una guerra y una revolución, amores, fantasías, sueños de grandeza, etc. Sólo así, logramos entender la Historia, encontrando el elemento humano, no el que se refiere a la humanidad entera, sino el que se refiere al individuo, al humano a secas.