En el séptimo arte, las relaciones entre directores y actores han generado todo tipo de comentarios y resultados. En los últimos años, el caso emblemático es el de Tim Burton y Johnny Depp (Alicia en el país de las maravillas); sin embargo, estas combinaciones que aseguran —en teoría— momentos memorables en la gran pantalla también tienen sus riesgos y trampas.
En Robin Hood, de Ridley Scott, el director vuelve a trabajar con Russell Crowe, con quien hiciera Gladiador (2000), un éxito en taquilla que fue bien acogido por la crítica. La pregunta es ¿cómo evitar que el público vea al mismo personaje en las dos películas? Robin Hood es una cinta que reconstruye una figura legendaria y el aporte del director Ridley Scott está en crear para el personaje un pasado al cual responder. El filme es una constante búsqueda de aquello que Robin ha preferido olvidar durante toda su vida. Ambientada en Gran Bretaña de los siglos XII y XIII, la historia muestra las luchas internas de un reino que parece haber perdido el rumbo entre combates y batallas por las cuales ya no puede responder.
Las película es una historia de buenos y malos, sin mayores matices, evitando ciertos aportes que ayuden a complejizar la trama. Las opciones se reducen a estar del lado de los unos o de los otros, no se pretende generar contradicciones morales o poner en conflicto al héroe, sino, más bien, hacer que todo sea más liviano. Darle una historia a Robin Hood puede que no sea tarea fácil, pero lo difícil era hacer que todo este aparataje no se haga aburridor y, lo más importante, no caer en un maniqueísmo fácil contando la historia de alguien que pone en conflicto las fronteras entre “los buenos” y “los malos”. Los efectos especiales salvan del tedio al espectador, que se sorprende con arcos y flechas y no con fabulosas explosiones de colores.
Por otra parte, es importante destacar la actuación de Mark Strong en el papel de villano, quien sin duda es uno de los mejores antihéroes de los últimos años.
Algunas de las escenas más impactantes parecen estar ahí para rellenar una historia que se cae por sí sola, la emoción está sujeta a la figura del héroe que busca hacer frente a las disposiciones superiores que llegan desde Londres, sin enfrentarse al Rey. Robin Hood parece un fugitivo desde el principio, siempre huyendo de algo, buscando refugio ahí donde pueda vivir más allá de las órdenes de los otros. Para cerrar de manera formal con las fórmulas del cine comercial se contempla un amor ideal, resuelto de una manera práctica incluyendo en el reparto a Cate Blanchett, para que nuestro héroe no quede a la deriva cuando la película se acabe.