La primera cinta boliviana –aunque creo hay un video con experiencia parecida, dirigido por tres damas, pero no puedo asegurarlo porque la memoria es engañosa– con tres realizadores, Rojo, Amarillo, Verde, tiene asimismo otras tantas formas de narrar y ser comprendida, por lo cual haremos una subdivisión relativa a cada una de las tramas.
ROJO: Martín Boulocq, Rodrigo Hasbún y las atmósferas depresivas
Es el único caso en que vamos a mencionar en el subtítulo al autor del relato que generó el corto. Hasbún se ha especializado –por así decir– en personajes femeninos. Desde las que protagonizan los relatos de Cinco a la que es eje motor en su novela corta El lugar del cuerpo. Y las caracteriza con fuerza, independientes, liberadas de ataduras fálicas, plenamente femeninas. Esto lo han rescatado muy bien la actriz Patricia García (Pilar) y el director de este segmento.
Detectada la metástasis y hecha la mastectomía, ella debe asumir su nueva condición, que asimismo implica una paulatina aceptación por parte de su pareja (Daniel Aguirre Camacho). Esa situación desde luego va deteriorando la convivencia, hasta llegar al día previo a la internación de Pilar, quien debe seguir con la quimioterapia.
Secuencias depresivas y opresivas, fruto de esa cotidianidad que se ve alterada por la novel circunstancia, son las que ayudan a pintar el relato que Boulocq (Lo Más Bonito y mis Mejores Años) guía con pericia. Y la música de su hermano –ese coloquio entre bajo, batería y guitarra– se queda en la memoria aún mucho después de dejar la sala.
AMARILLO: Sergio Bastani, el homenaje a Kaurismaki en un cuento predecible
Santiago Rozo (Amarillo) es un niño introvertido que vive en algún lugar de la campiña chapaca. De pronto su casa se ve invadida por hormigas y su madre llama a un fumigador, en cuyo vehículo Santiago se va de manera casi fortuita. En cierto momento del viaje, la camioneta del fumigador topa con un bache y Santiago decide que es buen rato para bajarse, aunque la noche ha caído ya sobre la serranía.
A la mañana siguiente, primero se encuentra con otro niño, con el cual surge una incipiente amistad mientras recorren, al mejor estilo de Ahmed en ¿Dónde está la casa de mi amigo? de Abbas Kiarostami, la serranía. Luego, se topan con una marcha campesina, a la que ambos se acoplan. Santiago porque no tiene mejores opciones y su amigo porque es parte del grupo de marchistas. Al segundo día de ausencia en casa, mientras la marcha sigue su recorrido, alguien atropella a un vacuno que al parecer pertenece al amigo de Santiago. Luego de esto, la separación de ambos se hace casi inminente.
Sergio Bastani, quien debuta en la pantalla grande del país, propone un relato con bastantes metáforas, más próximo al cine arte que a lo narrativo-convencional, y si bien la fotografía es espectacular (Daniela Cajías, van dos), su trama flaquea porque las secuencias no ayudan. Cuando Santiago se acerca a la camioneta del fumigador, sabemos –intuimos, si quieren– que se va a ir en ella. Y desde ese momento sabemos asimismo que en algún momento tiene que volver a su casa. Eso le quita fuerza a todo, aunque las actuaciones sean bien trabajadas y lo demás interno al producto audiovisual coopere.
VERDE: Rodrigo Bellot, la cercanía al melodrama clásico
Rodrigo me/nos sorprende. Lejos de la pantalla dividida de Dependencia Sexual y la parafernalia efectista de ¿Quién Mató a la Llamita Blanca?, sin haber tenido el honor de ver Perfidia, presenta una narración tradicional –cámara quieta, incluso planos largos– sólida, que linda bastante con el cine de las décadas meridianas del siglo pasado.
Julico (Ismael Suárez) es acogido por Benigno (Diego Paesano) en su casa, donde vive con su madre, doña Felicia (Lorena Sugier, excelente). La relación entre los jóvenes amigos se va deteriorando en tanto Julico se acerca más a Felicia. Relegado de su rol principal, Benigno se deja llevar por el despecho.
A partir del conflicto triangular que es, asimismo, uno de los paradigmas del melodrama clásico, Bellot es el único de los tres realizadores que se acerca a una relación de secuencias con un desenlace o clímax. Todo en su cortometraje nos lleva a la situación en que desemboca, cerrando una atmósfera que, de todas maneras, no da para más salvo que se utilicen fórceps.
CODA: Boulocq – Bastani – Bellot, cada quien atienda a su juego
Rojo, Amarillo, Verde no tiene una unidad intrínseca. Son tres segmentos, independientes cada uno de los otros dos. A pesar de la secuencia introductoria en la textilera y el conato de cierre común antes de los créditos, no los pega ni La Gotita. Juega también contra este intento el hecho de que cada realizador tiene una visión diferente acerca de lo que quiere contar y cómo lo hace; referentes anteriores en el caso del cochabambino y el cruceño fueron citados. Para el chapaco, basta ver su pedazo de la película para darse cuenta asimismo que va en otro micro.
Eso no es, sin embargo, un demérito para la cinta en exhibición. Es una muestra más de la diversidad nacional y de las distintas maneras que pueden utilizarse para contar una historia, según las habilidades de cada quien. Y por eso, Rojo, Amarillo, Verde amerita ser vista, comentada, criticada, etc.
Por último, ya se dieron el gusto y como experiencia vale, pero creemos que ahora será mejor que cada director vuelva a tomar su camino y haga sus productos audiovisuales individuales. Y una cosa más: en las siguientes realizaciones, no intenten meter con calzador el tema político/coyuntural; los quemados en el pan se notan, aunque se raspen. Va con aprecio