Nos vamos queriendo volver, y cuando volvemos, añoramos regresar. Eso sí, en el tránsito, deseamos quedarnos siempre un día más. De eso se trata este documental –ahora en la Cinemateca –, inicialmente concebido como una estrategia de difusión de la investigación “La cheqanchada: caminos y sendas de desarrollo en los municipios migrantes de Arbieto y Toco” de Leonardo de la Torre Ávila y Yolanda Alfaro Aramayo (PIEB, CESU y DICyT, UMSS, 2007).
El proyecto creció en posibilidades y perspectivas cuando a Leonardo de la Torre, comunicador, sociólogo e investigador, guionista y codirector de la cinta, se sumó el director Sergio Estrada, quien trabajó en el film “Cocalero”, captando el interés del productor Donald Ranvauld. Es así que, con nuevas alas, la filmación comenzó a rodarse en julio del 2006. El documental no pretende trazar una mirada múltiple y erudita sobre el fenómeno migratorio, sino hilvanar una historia desde el punto de vista de los verdaderos protagonistas, los migrantes.
Como los mismos migrantes afirman, la tradición migrante se les viene incorporando como en la Argentina la tradición futbolera: desde chiquitos. Las capacidades que esto conlleva, y que no suelen repartirse por igual en todos los humanos -aunque todos somos nómades y buscamos, en algún sentido- pueden verse como una suerte de “adaptación en la resistencia”, cualidad crucial a la hora de enfrentarse con los dolores y desafíos de la partida y posterior adaptación a una tierra extraña. Hablar de la migración trae a la luz debates viejos y nuevos, situaciones novedosas, (como el creciente número de bolivianas trabajadoras en España), y tradiciones migratorias, como es el caso de Arbieto, ese pueblo del valle alto cochabambino, frutal y duraznero, que es el objeto tácito, el personaje escondido de este documental.
El otro personaje es don Diógenes, constructor en los Estados Unidos, promotor del cambio en su comunidad. Don Diógenes toma el lugar de muchos migrantes: trabaja y se prepara para volver a su pueblo, soñando con ver florecer, aunque sea una vez, los durazneros que ya caracterizan al Municipio de Arbieto como uno de los productores más reconocidos de Cochabamba. No se trata sólo de los duraznos, también está el empedrado del pueblo, la nueva cancha de fútbol, las fiestas patronales a las que van sus hijas, llegadas de Estados Unidos con ese fin, entre otras múltiples actividades que conectan y dan sentido a la diáspora.
Financiado con un fondo total de 56 mil dólares -mediante recursos propios y obtenidos de diferentes entidades como el Programa de Investigación Estratégica Bolivia (PIEB), Donald Ranvaud, Fundación Arnoldo Schwimmer, Bosques Tropicales y, en la difusión, Aerosur- este documental llevó 3 años de preparación y un total de 84 horas filmadas, tanto en el valle Alto como en Arlington, Virginia, donde viven cerca de 500 familias de migrantes, y el estado de Florida.
Sin duda, el principal desafío para cualquier migrante es superar de algún modo la separación familiar y territorial. La herida del desarraigo se traduce en una suerte de obligaciones y querencias vinculantes, nunca del todo resueltas. La ambivalencia que conlleva el viajar para acceder a la movilidad social y la mejoría económica, aunque ambas no sean válidas sino en el contexto de reconocimiento de la llamada “comunidad de sentimiento” permea junto con la nostalgia la decisión migratoria. La mujer de don Diógenes, por ejemplo, declara no “entender del todo” la necesidad que éste siente por invertir en su pueblo, quizá debería ahorrar para sus hijos, que se quedan en los Estados Unidos. Pero es que el hecho de viajar inaugura un particular trasfondo en el que el individuo inicia un diálogo continuo consigo y con quienes le rodean. Las necesidades de los que se quedan, el deseo de aportar al pueblo que los vio nacer, junto a la ambición de dar a la familia transmigrante mejores posibilidades en la tierra natal, forman el complejo conjunto de razones para la existencia y envío de remesas.
Como afirma de la Torre en una entrevista del periódico Opinión:“[lo] que queremos causar es que no juzguemos la migración, que entendamos que es un fenómeno que sucede, que es un fenómeno que está al margen de nuestra valoración y que, en lo que sí podemos hacer acciones es en cooperar a que la vivencia completa de la familia transnacional sea positiva, que por ejemplo las familias de los hijos que ahora están en España, porque todo el mundo quiere saber sobre eso, reciban aquí apoyos (...) Que todos sepamos entender las necesidades del migrante allá, con planes de retorno, con posibilidades de envío de su dinero, con planes de inversión, con proyectos. Todos tenemos que participar mucho con los migrantes de ahora, para que, en el futuro, se pueda suponer que se va a poder opinar sobre si vale la pena o no migrar. Por el momento, el fenómeno está continuando, va a continuar los siguientes cinco años sin opciones. Hay que apoyar en varias frentes a la familia que reside en el exterior”.
El documental deja constancia de estas contradicciones, y de un hecho más: el territorio cotidiano sin fronteras. El espacio-tiempo se divide, para muchos bolivianos, en una suerte de “estar y no estar”, así lo describe el escritor Miguel Esquirol Ríos:
“Había algo que me molestaba de la película cuando la vi. El ligero vértigo de no saber en dónde nos encontrábamos. Si la escena que veíamos era Bolivia o Estados Unidos, si un corte significaba miles de kilómetros o sólo habíamos torcido una esquina en un pueblito del valle alto, sin ningún dato ni ayuda para el público. Pero después de pensarlo mejor entendí que ese vértigo de no conocer en qué país nos encontrábamos no era tal, porque todo lo que se veía era el mismo lugar. El espacio y el tiempo que separaba dos lugares no existía y eran las mismas calles que salían de Arbieto y llegaban a Estados Unidos, los mismos duraznos, la misma gente. Y es que no se deja Bolivia cuando se sube al avión”.