El cine boliviano de la última década ha aprendido con el uso de las nuevas tecnologías a narrar otras historias, aquellas que no eran consideradas relevantes en otra época. La importancia de un cine militante y comprometido habían construido un caparazón que si bien era nuestro sello, se fue desgastando por sí mismo agotando a un público que buscaba auto referencias en nuevas imágenes. La evolución natural del espectador ha exigido de los realizadores nuevas visiones sobre lo que somos y también sobre aquello que nos hace ser. Propuestas de un alto valor estético como Hospital Obrero (Germán Monje, 2009) o Rojo, Amarillo, Verde (Bastani, Bulocq, Bellot, 2009) son muestras de una cinematografía que se construye con diferentes propuestas en un país que cambia.
Sin duda, la sorpresa más grande de 2009 es El Ascensor, la opera prima de Tomás Bacopé que conquista con su gran guión a un espectador ávido de nuevas historias. El público participa de un ejercicio de identificación con los personajes, tres hombres encerrados durante el carnaval cruceño en un ascensor, que van mostrando debilidades y fortalezas propias de los seres humanos, desnudan realidades mientras afuera sigue la fiesta.
El encierro es la condición propicia para que conozcamos a los personajes, cada uno de ellos con una historia propia relacionada con la del otro más por azar que por imposición, enfrentándose así a mirarse y reconocerse, dándole de esta manera un ritmo admirable a la propia trama de la película. El fallido intento de secuestro a Héctor (Pablo Fernández) por parte de Johnny (Alejandro Molina) y Carlos (Jorge Arturo Lora) detona una serie de coincidencias y diferencias entre los secuestradores y también entre ellos y el secuestrado.
Cuestionadora de los instrumentos de poder desde un principio, Bascopé recurre a una pistola para simbolizar el control sobre todo lo externo a uno, en una repetición incansable del ¨sí joven¨ de Carlos a Héctor se hace una aproximación crítica a las diferencias marcadas desde el lenguaje que existen en nuestra sociedad. Desde la frustración de Johnny hacemos silencio cuando giramos la cabeza buscando a alguien que por el fenómeno social de la migración no está junto a nosotros, seguimos de cerca en el suspenso con cada caída del ascensor, cada risa cómplice nos convierte en testigos de una situación extrema y claustrofóbica. Héctor perfila a una generación renegada de papá, autosuficiente y dependiente, una radiografía de las clases medias bolivianas, que no puede pasar desapercibida.
El escenario construido exclusivamente para la realización de El Ascensor es por sí mismo un personaje que universaliza la historia y puede ser éste uno de los puntos a favor más altos en la película, que a diferencia de otras propuestas, apuesta a ser un cine posible de consumo masivo.