Con su primer largometraje, Alejandro Pereyra confirma lo que ya sabíamos: que es un debutante que medita profundamente sobre cine, y está dispuesto a tomar riesgos en la búsqueda de un lenguaje propio. Como él mismo escribió para el congreso Encuentro de Cineastas Sub 40 en el 2007: “el cine no es una forma arquetípica a la que se aspira y por lo cual se renuncia a lo propio: más bien, es un espacio en el cual uno vierte la forma que, por experiencia y necesidad, se le revela como cinemática.”
Verse busca conmover y al mismo tiempo provocar reflexión sobre lo que debe ser la narración cinematográfica. Si la trama es mínima, sin embargo todo está en el contar y crear ambiente. Como temática, se acerca al mismo territorio que los documentales Amazonas de María Galindo y Un día más de Leonardo de la Torre y Sergio Estrada: los estragos de la migración y la dificultad en asimilarse a otro ambiente humano. Desde Argentina Al sur del Kollasuyo (Daniel Raichijk, 2006), de Adrián Caetano, Copacabana, de Martín Rejtman todas tocan las tribulaciones de los migrantes a Buenos Aires. El tema de lo sufrido que puede ser la migración se roza en otras películas nacionales, como Yo soy Bolivia (Anche Kalashnikova, 2006) y hasta Faustino Mayta visita su prima (Roberto Calasich, 2003).
Dentro de lo nacional, Verse es novedoso como enfoque y propuesta narrativa: hace eco al largometraje Hamaca paraguaya (Paz Encina, Paraguay 2006) donde una pareja anciana se encara a la espera, por lo visto interminable, para el hijo que no vuelve de la Guerra del Chaco. En la película de Pereyra el hijo está estudiando en España, la probabilidad es que sobreviva, pero la infinita espera es lo que se propone su madre.
Lo alentador de este debut es que no duda en contar las cosas visualmente. No cae casi en ningún momento en la tentación de armar estupefacientes diálogos explicativos que entorpecen la cinta. Lo que propone Pereyra de alguna forma es más problemático aun que el proyecto de Encina, que tiene dos personajes pero no obstante recurre al diálogo en off. En cambio Mirtha, la madre divorciada y abandonada por su hijo en Verse, no tiene sino a sí misma como interlocutora. Aun así, el filme no cae en la trampa de ofrecer exposiciones en forma de monólogo o “soliloquio”. Mirtha si se desahoga un par de veces en gritos e imprecaciones, y hasta esto parece excesivo e innecesario.
Generalmente la atmósfera se mantiene a través del uso de una luz mortecina que no parece de Chuquisaca, pero que logra su ambiente. Colores, grises y azules. Exteriores nocturnos de calles sucrenses con gente paseando, enfatizando el aislamiento de Mirtha. La mujer experimenta un problema existencial además de trauma emocional: ahora, ¿qué hacer con la vida? Pero aquí estamos ante un punto débil: lo que estorba una aceptación plena del drama central es que cuesta simpatizar con la suerte de Mirtha, una mujer de tan solo 45 años pero que parece abatida y resignada por la ausencia de su Cristóbal. Si un hijo solamente escribe para pedir dinero (¡de España a Bolivia!) para luego olvidarse de su madre, ¿acaso no se debe más al egoísmo individual que a los estragos de la migración? Una carta enviada a su hijo le es devuelta a Mirtha, que parece no manejar correo electrónico.
La preocupación por la textura visual y sonora es bienvenida, aunque no siempre convencen los bastante tentativos movimientos de cámara. La elección de la estupenda música de Shostakovich muestra excelente gusto, aunque aquí es de una intensidad casi hiperbólica para las escenas callejeras que acompaña. Pero hay que aprobar, aunque con cautela, esta propuesta de un cine novedoso que no es simplemente “renegar de la tradición” (para citar otra vez al cineasta) sino ir en búsqueda de algo valioso. Y de hacerlo abarcando un tema social usando un enfoque inusitado (aunque no del todo convincente), consciente de los retos estéticos que no resuelve plenamente.