Parafraseando a Godard, existirían dos tipos de cineastas: aquellos que quieren hacer cine a toda costa y aquellos que quieren hacer cierta película; Alejandro Pereira es sin duda de los segundos. Verse, su ópera prima nos enfrenta con solvencia a lo inenarrable cuando hacia el segundo tercio de la película elude la palabra y hace transitar la imagen-movimiento por "geometrías no euclidianas". Pero esta temprana abdicación de la palabra es un buen síntoma para el cine reciente y su voluntad de consolidarse como lenguaje autónomo. Qué lejos estaba Chaplin de sospechar este retorno del mutismo cuando en un acceso de terror advirtió que con la llegada de la tecnología sonora llegaba también el fin del cine.
En Verse asistimos fundamentalmente al protagonismo del estilo por lo que estaríamos cerca de un cine de poesía (Passolini). Si bien la vida es un cine natural, esta película nos enfrenta al cine como lo fundamentalmente onírico, de ahí que la eventual violencia de algunas escenas que lindan con el cine de terror encuentren su justificación en un cine de poesía donde hay conciencia de que la imagen cinética es metáfora y no sustituto de lo real; así el cine nos presenta una estética visual y sonora fundamentalmente onírica por una suerte de pre-gramaticalidad de sus elementos. Los objetos en el cuadro se van cargando de sentidos por contigüidad y relación con otros elementos.
Lo inenarrable:
La cinta empieza y cierra con paratextos de Job y evidentemente la película nos enfrenta a la desesperación Jobiana de una madre que es abandonada por su hijo. Cristóbal (no puede dejar de notarse la alusión al descubridor de América) viaja a España por supuestos estudios y durante años sólo escribe para quejarse y pedir más plata; lo que prometía ser una historia del patetismo de la migración, afortunadamente se desvía por lugares más sutiles de esa problemática. La migración enfrentada como problema fundamentalmente existencial, un problema social sí, pero profundamente particular: ya no estamos pues ante el gran relato de la sociología.
La retórica de la imagen:
El desenfoque y el vértigo son elementos clave en Verse. Sucre se torna un lugar hostil, árido, desértico; las calles transitadas por fantasmas, sombras, "sólo gente" escribe la madre en una de sus cartas; la cámara vertiginosa parece estarnos prefigurando todo el tiempo caídas abismales, enjuiciando la verticalidad que puede entenderse también como un sucedáneo de un juicio desesperado a la humanidad. La soledad es principal en esta película, donde aprecio una conciencia cuasi hiperestésica del director que también es el fotógrafo. Planos desenfocados, lugares inútilmente abiertos transitados por sombras, puntos de vista vertiginosos, la noche iluminada por luces sucias, perros, calles llenas de basura, una coreografía de sombras donde la luz aparece agobiada y su reflejo inútil.
Son imágenes, reversos de la otra cara de la ciudad blanca desde la perspectiva de una mujer cuyo absoluto le ha sido quitado y no encontrará nada con qué sustituírlo. Sin duda el principal interlocutor (como en Job) de esta mujer es Dios; aunque ésta no llega a la desmesura del santo y no parece encontrarse totalmente a gusto como aquél dentro de la retórica de la desesperación.
Finalmente no puedo dejar de manifestar mi entusiasmo frente a esta película, una sensación indefinida de que los jóvenes cineastas están pensando cine que no es lo mismo que hacer cine. Una materialización por otro lado de una espera personal: el "espíritu" de un Kirostami ávido de contar pequeños relatos como si fueran indiscutibles epopeyas. Alejandro Pereyra es sin duda una revelación del nuevo cine nacional y prefiguración ya nítida de lo que en adelante iremos a exigirle al cine boliviano.