Es por cierto una excelente noticia que también desde Sucre broten ahora proyectos e iniciativas audiovisuales, diversificando una producción que estaba por demás necesitada de abrirse a géneros, lugares, formas de ver y de verse. Esa apertura le debe lo suyo a las nuevas tecnologías de registro y difusión de imágenes en movimiento. Disponibilidades que a su vez traen consigo riesgos y otras barbaridades, como Alejandro Pereyra sabe muy bien puesto que se ha encargado de darle durísimo, en por lo menos una nota que tuve la oportunidad de leer, a mucho cine nuestro de reciente data y de muy escasa atención a su factura. Porque es cierto, el rigor de otrora, cuando cada metro de celuloide costaba sangre, sudor y lágrimas, obligando a los realizadores a extremar precauciones para no dilapidar nada, ha dado paso en los tiempos que corren, y de la mano del audiovisual electromagnético, al facilismo y al descuido.
Es una maravilla claro, que el acceso a los instrumentos de creación y de expresión se democratice, la maravilla resultaría empero completa si la apertura cuantitativa pudiera estar aparejada a ese rigor que obliga a pensar antes de hacer y a creer de verás que la cámara no es un mero aparato tomavistas, como ya erraban los primeros peliculeros ambulantes que desembarcaron en estas comarcas en el crepúsculo del siglo XIX. En realidad más que desembarcar vinieron caminando o, los privilegiados, a lomo de mula, pero ese detalle no opaca, enaltece más bien la extraordinaria epopeya de quiénes que se atrevieron a aproximarnos el biógrafo muy pocos meses después de su estreno en sociedad aquel 28 de diciembre de 1895, cuando 33 azorados y desprevenidos parroquianos asistieron en los sótanos de un café parisino al nacimiento público del aparejo que de allí en adelante sería el vehículo para nuestros mejores sueños y nuestras peores pesadillas.
Pues bien, aquí estamos, un siglo y pico después, asistiendo en Sucre, en mi caso desde la solidaria lejanía, a un nuevo nacimiento. Con un espíritu bastante menos candoroso que de los parisinos sobrecogidos por la novedad es cierto, pero no con menos avidez de sensaciones, emociones y todas las otras movilizaciones del espíritu, convocadas cada vez que la luz se apaga y frente a nosotros se reinstala el milagro del cine.
Verse la opera prima de Alejandro Pereira, es prima creo y de no serlo me excuso por la gaffe, destaca de entrada su cuidadoso tratamiento de imágenes y la calculada puesta en escena de una historia que escarba sin miramientos en la desolación anímica de su protagonista. Los varapalos repartidos por Pereira contra colegas poco respetuosos con la herramienta expresiva elegida, lo obligaban a probar que el cine más barato en términos de recursos oblados durante la producción no necesariamente debe ser estética y narrativamente más barato también. Pereira sale bien librado de la prueba, su película construye una atmósfera densa, opresiva, angustiante, con los puros y mejores recursos del relato cinematográfico (luces, encuadres, desplazamientos de la cámara, contrapunto entre la imagen y la banda sonora).
Sus modelos, tengo la impresión, no son los del cine industrial masivo hecho a destajo con la mirada puesta en la taquilla, son más bien las obras de los autores que usan la imagen para explorar más allá de lo inmediatamente perceptible. Es cierto, a momentos tal vez la trama requería algo más de soltura y fluidez, porque no siempre lo dicho empata en contundencia con el decir. Son en todo caso cuestiones corregibles, ajustes que vienen con la experiencia. El inicio es promisorio y abre un ancho margen de crédito para este novel cineasta que se suma a las filas de quiénes toman hoy la posta de quiénes a lo largo del tiempo hicieron posible tener enfrente esos espejos en los cuáles vernos para conocer(nos) mejor. ¡Bienvenido!