Entre una tupida enredadera y la puerta de calle, el espejo es lo primero que aparece. Que el golpe de vista sea un golpe de sentido, con este espejo y en la Zona Sur, sugiere no la producción de reflejos sino sus fragmentaciones. Y es que el espejo de Zona Sur, la mas reciente propuesta del boliviano Juan Carlos Valdivia, es de esos que al mirarlos no invierten ni recortan. El espejo del que nos habla Zona Sur es de esos que al redondear la imagen la prolongan sin ángulos y que, ante la inquietud de una cámara que prefiere los círculos, sostiene otro tipo de retratos.
Con un elenco integrado por actores y actrices debutantes en cine, la Zona Sur de Valdivia es una enredadera donde los personajes se construyen por circulación y ausencia. El retrato no funciona por la estaticidad de una mirada que se sostiene en el cuerpo. La cámara circula por el espacio sin quedarse en el personaje, calibrando un retrato que golpea porque no se funda en el recorte. En circulación, la cámara busca e insiste en la proliferación de las imágenes, en la fragmentación de los sujetos. Aquí, allá y mas allá, los cuerpos recorren el espacio construyendo el cuerpo no como una unidad. La casa llena de espejos donde mirarse una y otra vez, cuidadosamente tupida de copas y frascos de cristal a través de los que la cámara cruza con los personajes, la casa donde las ventanas se cierran y los ojos se vuelven sobre sí mismos. Es a través de estas insistencias que se configura una de las intenciones de esta película: retratar a esta familia de la Zona Sur paceña no pasa por el hecho de ofrecer el reflejo de una realidad sino la construcción de una versión de ésta, una mirada profundamente personal donde no se cede ante el estereotipo y donde enfrentarse al espejo es también traspasarlo.
No hacerle caso a la tentación de presentar estereotipos y arriesgarse por una propuesta donde prima lo personal produce la ambigüedad ahí donde mirar al país y revisitarlo no pasa por la traducción. Uno de los gestos más complejos con los que trabaja la película sucede en la sutil construcción de las conversaciones en aymara entre Wilson (Pascual Loayza) y Marcelina (Viviana Condori), los dos empleados de origen aymara de la casa. Los diálogos entre estos dos personajes no se traducen: sostienen, a través de la construcción fotográfica, las burbujas con las que la narración se va articulando. La traducción del aymara al castellano que se evita en estas secuencias funciona como uno de los espejos de las otras burbujas de la película. Si para ciertos textos del indigenismo ortodoxo la traducción del idioma del otro –el indígena- develaba la necesidad del escritor de mostrar al mundo blanco este otro radicalmente distinto, la evasión de la traducción a todo nivel en Zona Sur sugiere la necesidad de ver en vez de mostrar o explicar y, con esto, la posibilidad de hurgar en las complejas articulaciones culturales de la sociedad paceña. Por un lado, no hay romantización. Tampoco hay distancias insalvables. Los círculos con los que la cámara encierra a los personajes no dejan de cruzarse, de hacer de esta casa un espacio –literalmente- de intrincados niveles, donde el contacto no implica una síntesis sino un permanente disenso.
En este sentido, la construcción de los espacios como una red de sentidos parte de la minuciosa ambientación y se sostiene en la insistencia de la cámara en hacer cada objeto. El cuidadoso desplazamiento de quien no quiere perder de vista nada sugiere otra vez el imperativo de ver antes de mostrar en Zona Sur. Que sea una historia de personajes, entonces, pasa también por construir otro tipo de personajes, como la casa de esta familia. Contar una historia fuera de los parámetros aristotélicos implicaba, por un lado, eludir el reciclaje en la construcción de los personajes y, por otro, sostener esta elección a través de las relaciones que los personajes entablan. Sin embargo, la construcción de la burbuja en la que cada personaje –también el de la casa- se encierra y la articulación de los cruces entre estos universos, no resulta afortunado en todos los casos. Bernarda (Mariana Vargas), la hija de Carola, universitaria de la UMSA y no de "la cato", honesta y lesbiana, no termina de cuajar. Que se busque ver a un personaje que quiere afirmar una identidad, se entiende. Que este personaje, con tanto insistencia, se explique y justifique –ya sea frente a su madre Carola (Ninón del Castillo) o frente a su novia Erika (Glenda Rodríguez) - parece poco verosímil. La ingenuidad no es tanto del personaje sino de la manera en que se lo mira. La relación madre-hija no siempre representa una tensión en la película, ya que muchas veces la figura de la madre gana la lucha de entrada. Frente a Patricio (Juan Pablo Koria) o a su novia Carolina (Luisa de Urioste), Bernarda no logra construir con la madre una relación que vaya un poco más allá de lo que se dicen estos personajes. Las palabras, pienso, terminan sobrando, perdiéndose la riqueza de la sugerencia trabajada con otros personajes.
A poco más de dos semanas de su estreno en varias ciudades del país, todos hablan de Zona Sur. Que esto sea solamente el resultado de la inteligente promoción de la película lo dirá el tiempo. Lo indudable: la renovación de la propuesta de Valdivia y, en general, la apuesta por otros retratos, lejos de simplificaciones. Con estos espejos y en la Zona Sur, ya se dio el golpe.