Hay una distancia entre lo uno y lo otro, el área urbana y el área rural están tan lejos como siempre, pero hoy hay cómo ver un retrato que perfila la relación entre quienes están desde siempre y entre quienes llegan después. La teta asustada logra, tal vez por la distancia física que Claudia Llosa tiene con su país, que la directora dibuje el boceto de una sociedad herida por la guerra interna, la discriminación, las diferencias económicas y otros elementos propios de un Perú que se construye y crece con altas deudas sociales internas.
Fausta (Magaly Solier) canta y vuelve con su lengua a construir un mundo que siempre ha querido ser encubierto, ocultado, marginado por no decir más: el quechua suena como presencia de una cultura que sigue viva y permanece en el tiempo. Lo que esconde el personaje principal en su cuerpo es una papa, también un símbolo cultural. Más allá de la anécdota o lo que pueda significar esto en un contexto particular, Llosa hace que la bella mujer indígena que ha llegado a Lima buscando poder ganar un dinero para enterrar a su madre guarde en su vagina el tubérculo andino sagrado, como una muestra de resistencia de un tiempo que nadie espera se vuelva a repetir.
La teta asustada es una enfermedad que es causada por el miedo, como una consecuencia de la violencia vivida durante la guerra interna, los campesinos peruanos han asumido que hay personas que nacen sin alma. Esta es la primera ecuación complicada de formular: no eran los indígenas quienes no tenían alma, ahora son ellos quienes saben quienes no tienen alma. El sincretismo cultural y este aproximarse de distintas maneras a la herencia religiosa, que se la puede seguir desde Madeinusa (Perú y España, 2005) opera prima de Claudia Llosa, bordea desde lo esencial las orillas de una sociedad que se mira sin verse y no encuentra en el espejo su propio reflejo.
La película muestra la pobreza, aquella moral y la otra económica, como resultado de procesos de deshumanización inconsciente que se provoca en silencio bajo la indiferencia o la inseguridad al asumir un rol protagónico en la vida real. Hay un espacio mágico en La teta asustada: el jardín que cuida enamorado Noé (Efraín Solís), ahí donde pueden nacer nuevas ilusiones, ahí donde el personaje que interpreta Solís podía convertirse en el soporte narrativo de una historia de encuentros entre sonidos de una tradición europea clásica representados por un piano y bellas palabras conservadas en cápsulas de resistencia que conservan una cultura milenaria de la América morena. Hay otras ecuaciones pendientes, hay referentes irresueltos con la obra predecesora de Llosa (Madeinusa), y hay una necesidad simbólica de enfrentar al espectador con una historia que no es una curiosidad, sino que es una realidad.