El pasado 17 de diciembre se estrenó en nuestra ciudad la flamante película Bastardos sin gloria, del director Quentin Tarantino. Entre los reproches más serios de que la realización puede ser objeto destacan la banalización de la violencia y la falta de desarrollo de los personajes, excepción hecha del carismático y cruel Coronel Landa, interpretado magistralmente por un brillante Cristoph Waltz.
La película de Tarantino es una banalización, pero una de las más exquisitas que haya visto. ¿Qué sería del arte sin cinismo? En literatura, los personajes que más se ama son por lo general los más reprochables, los más incorrectos. Todos ellos tienen la capacidad de otorgarnos la otredad de nosotros mismos; de portar una máscara que oculta y que revela, pero sobre todo, de enseñarnos que el arte es una constante lucha. Así, es Otelo quien después de recibir el veneno de Yago dice de Desdémona: “Es como si el cielo se burlara de sí mismo”: si existe una forma luchar en el arte, de instaurar la propia personalidad en relación a lo que ofrece una tradición que nos alimenta, determina y antecede, esa es la del disfraz. No existe rostro más auténtico que una máscara. Nuestra máscara puede llegar a ser una creación propia, pero lo es desde el momento en que transforma y hace propia la otredad.
Más allá de cierta autocomplacencia, Bastardos sin Gloria es la celebración de una máscara. El motivo de lo teatral y del disfraz recorre todo el film: desde un nada atractivo Brad Pitt, pasando por un histriónico y cómico Hitler hasta llegar al carismático Coronel Landa. Así, la película rinde tributo a una tradición cinematográfica que influyó en Tarantino (el spaghetti western) al mismo tiempo que revela cínicamente los toques característicos de este. Es así que el director logra, además de proponer al cine como objeto incendiario y subversivo, proclamar, no necesariemente crear, la autenticidad de una máscara. En efecto, esta no es la película en que el director construye los rasgos que definirán la fisonomía de su máscara, de su personalidad artística, eso ya lo había logrado; pero es el punto gozoso donde se reconoce el poder de ese disfraz y la potestad de actuar , a partir de él, con absoluta soberanía. De hecho, la soberanía que el director despliega en su realización justifica la segunda crítica importante que se le había planteado: matar descaradamente a una serie de personajes prometedores, acaso sin lograr su pleno desarrollo.
Para resumir, la violencia de Tarantino es también la violencia que toda máscara, como creación, como respuesta a una tradición, ejerce sobre el propio cuerpo; en la realización del director estadounidense la violencia se convierte en celebración de un acto de soberanía.