El ejercicio representacional que entrañan las artes en general y el cine en particular, como generalidad a cualquier dispositivo audiovisual, supone una puesta en evidencia de la sensibilidad del autor, el que registra, y la carencia del objeto registrado. Sin embargo, hay ejercicios representacionales que en la caza de la lealtad, el honor, la justicia, la dignidad, se disuelven en pastiches, manifiestos, biopics, propaganda y/o instrumentos.
Estas formas de representación (o, en muchos casos, intentos alegóricos de elementos ambiguos) supusieron el avance de la cinematografía como reflexión ético formal. Para Godard "un travelling es cuestión de ética" mientras que Angelopoulus sostiene que "el plano del pueblo insurrecto es el secuencia" y Epstein afirma que "la dignidad de la mirada sólo es posible con el primer plano". Estas afirmaciones y otras similares clarifican la reflexión sobre el aparato cinematográfico y su relación con lo real, con la verdad.
Dichas afirmaciones siempre giran sobre la paradoja, la autonomía de la figura en el interior de sí misma y el fondo (y su interpretación por el espectador), ahí donde las sombras toman existencia y la percepción se hace representación. Es de estas reflexiones ético-formales que, en un primer momento, se despliega la percepción y la posibilidad de ésta de traducirse en obras urgentes, en referencias necesarias para tiempos mezquinos que el cine y su realización se supuso un arte y un filosofía en tanto se piensa con imágenes.

La dignidad, a diferencia de todas las invenciones humanas, no está sujeta a intercambio: es ella y su conditio sine quam non lo que hace al hombre, como individualidad y colectividad. Esto se refrenda en el reconocimiento jurídico de la integridad humana en sí misma, no tributaria de ninguna especificidad, sólo al genero humano.
Pero para comprender la dignidad, siempre en un ejercicio de negación, es preciso el relato, la vivencia, la memoria. En este entendido es que la dignidad se asocia de forma irrestricta, a partir una relación negación, con el dolor. Sólo en su envergadura es que la dignidad se constituyó en objeto de reflexión y a su vez en objeto de derecho.
DOLOR Y DIGNIDAD
A la sombra de cualquier ética de la diferencia es que se comprende el dolor y la dignidad como elementos inconmensurables, irresueltos y por tanto altamente volátiles, en virtud de su especificidad, diferencia y particularismo. Reconociendo esta condición contemporánea como valida, el objeto dignidad se desvanecería por sobre la diferencia y el particularismo, deviniendo en el triunfante relativismo axiológico.
Si fuese este el caso, todo fenómeno, todo proceso, todo viso de humanidad debe verse bajo sospecha, puesto que es la exposición de una particularidad inconmensurable, por tanto inaprensible y obviamente ininteligible. El dolor sólo sería una interpretación más de la experiencia vivencial, compatible con la placidez, la contemplación, el sueño, etc. porque bajo ésta ética, todo es interpretación, todo es nihilismo fatalmente negativo, todo hecho es contingente a la vivencia del yo.
Lejos del relativismo axiológico, distanciado del pragmatismo político que engendró la fascinación por la diferencia y los particularismos, con un tufo nostálgico, el universalismo resiste en tanto reconoce a la humanidad en tanto tal, como algo dado sin remanentes que le simplifiquen, bajo la figura de una diferencia, especificidad o particularismo, ya sea político, social, económico y cultural.
Admitiendo que todo humano es un fin en sí mismo, y no así la representación, encarnación de una esencia, o la viva figura de algo, es que es posible comprender la dignidad y el dolor. Sólo mediante un ejercicio de auto reconocimiento, en una negación de cualquier particularismo funcional a un discurso o relato socio histórico o material, el hombre es hombre sólo y únicamente a partir de su condición humana.
En este entendido el cine, en todas sus derivas genéricas e ideológicas, siempre tomó al dolor como una condición susceptible a ser vivida por todo hombre en tanto hombre, entendiendo a la dignidad como algo universal.
Con el riesgo que implica la anterior afirmación, con la sospecha que levanta respecto de los acólitos de la ética de la diferencia, el dolor/dignidad, como objeto de deseo y proyecto teleológico se presenta en todo el cine soviético de la primera era, que transita desde 1920 a 1933, siendo el dolor tratado de forma realista y siendo el disparador de los procesos de autoconciencia para la posterior acción, siempre en un movimiento dialéctico. Idéntico tratamiento y movimiento dialéctico es el cine post-29 o banca rota (EE.UU) en Hollywood, donde ya no es un sujeto colectivo quien recupera o conquista la dignidad, en términos obreristas, sino que es el individuo libre, conciente de su condición individual que conquista su dignidad, ambos procesos sólo posibles mediante el uso de la defenestrada razón.
Con estos ejemplos, exclusivos de la cinematografía, es que se pretende sortear el relativismo axiológico en su deriva política ideológica, resguardándose en el pasado mundo bipolar.

DESHUMANIZACIÓN (INDIGNIDAD Y VERGUENZA)
El pasado 24 de mayo de 2008, azuzados por la elite política local centenares de estudiantes universitarios, golpearon, vejaron y humillaron a docenas de personas, deshumanizándose y deshumanizándonos a todos, como ocurre en cada acto de violación a la condición humana.
La cinematografía de Bolivia, ficcional y siempre distante de la humanidad (del humanismo) y que mas bien privilegia la especificidad concreta, localizable, aprensible y en ultimo término cosificable, jamás se sensibilizó con la humillación, más aún cuando ésta es ejecutada entre civiles.
Quizás en el cine de Sanjines hay una aproximación a la representación de la humillación en el estricto sentido de deshumanización. Sin embargo, esta aproximación es de orden político en tanto se revisa las relaciones de poder del Estado con una colectividad. Solo con Humillados y Ofendidos de Cesar Brie (2008) es que la no ficción toma un elemento violento extraído de la realidad en su propia realización, con la documentación visual cronológica minuto a minuto, desde varios registros en los que no se privilegia una mirada, sino que se extrae la violencia desde la masa que la ejecuta.
Con Humillados y Ofendidos, el documentalismo boliviano se politiza y a la vez se universaliza, puesto que se ampara en la base de los derechos fundamentales. La mirada de Brie se posiciona sobre la vida, sobre la vivencia política de una colectividad amedrentada y secuestrada, acusada de mancillar, sólo por su existencia y presencia, el orgullo y la dignidad de otra. Además la politización, en clave universal, se refiere a que busca esclarecer, identificar, y visibilizar un acto que no se presenta aislado, sino que responde a la coordinación, planificación sistemática y racional de un ejercicio de racismo y de odio, vinculado como siempre, a una elite política cuyo móvil es tan elemental como la acumulación de poder.
Para Brie, los hechos acaecidos en Sucre, capital constitucional de Bolivia, develan mediante la acción colectiva cierta cultura política de una sociedad que ha cosificado ciertas practicas de relacionamiento social. Para el director ese es el rol político de su obra: la visibilización de la deshumanización de ejecutores de la vergüenza y la deshumanización de las victimas del ejercicio racista.
Esta empresa, deshumanizante porque goza de planificación y responde al principio de eficacia, se desarrolló en el espacio público, lugar por antonomasia de la política, en tanto lugar de acción para perpetuar el gesto simbólico más violento de la primera década del siglo. La plaza principal, ahí donde se fundó la Republica es el escenario. La acción: desclasar, mediante la negación publica de la adscripción social, colonizar, mediante la negación pública en el despojo de las vestiduras, y deshumanizar a partir de la negación publica de la adscripción política. En otros términos, arrebatar la identidad, arrebatar la ciudadanía para con ello arrebatar la humanidad. (Para arrebatar la humanidad no es necesario arrebatar una condición biológica como la vida).
Brie en el documental Humillados y Ofendidos no reconstruye estos hechos, sino que mediante una colección de imágenes, que siguen una línea cronológica documentada por toda la prensa nacional, presenta paso a paso, como se sucedieron los hechos de deshumanización que nos avergonzaron a todos.